UNO PIENSA QUE TODO SE ARREGLA BAJANDO LAS PERSIANAS

Despiertas y astros aún bordean los aleros,
sonido monocorde de taladradora, pulcritud de calles
recién humedecidas, el chofer somnoliento, mirando
antenas que renuncian a escalar más allá de las tejas
que las amparan, por miedo a que el calor, a medida
que asciende, derrita los brazos que sobresalen, desiguales.
Así el hombre teme ladearse, ni siquiera descorrer
la persiana, cuando el primer coche gira de golpe,
como un grillo en la tarde. Ya de chico measte en su
aguejero y metiste largas hierbas con el fin de capturarlo.
Para introducirlo en jaulas de plástico con un trocito
de lechuga. Y ahora te convierten en grillo y la lechuga
quedó en la tumba de Rimbaud en los escritos de Neruda
en las resacas de Bukowski en las manías de Pessoa.
Retumban a lo lejos canciones de marinos que cruzaron
estrechos y taladraron sus lóbulos, aros que dignificaban
la presencia ensalzando el ron y la cerveza, alejándose,
trastabilleando con un sentido en las venas turbias.
En apenas horas todo se limpia pero llega el mañana y ese
sol se eleva por encima de los aleros y miras, de repente
miras y observas que nadie cambió las sábanas, que
nadie ideó la fórmula para arrancar sueños de cartón-piedra.
Por no contemplar las jaurías, ese estrepitoso sonar de las
campanas, la vejez que se aproxima lentamente, el paso
rápido de una sirena anaranjada como cuadro de Lautrec,
la oreja transportada en camilla entre algodones blancos.
Para que todos escuchen que el silencio supone la no respuesta
y todos los acantilados de la memoria se nos vuelven
rutina y entonces devoramos impaciencias y entones no,
no queremos subir ya más ninguna persiana de ventana alguna.
adolfo marchena.
Imagen: Renoir

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