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La Coctelera

LITERATURA

Recuerda recordar

28 Noviembre 2007

BAÑERA DE PECES SIN CRISTALES. antología Literatura

Siempre te creíste la Virgina Wolf


Porque, en lo que a mí respecta, siento de

vez en cuando que soy el personaje de alguien.

Clarece Lispector


Como todas las mujeres escritoras, siempre te creíste la Virginia Woolf, pensabas que habías sido tocada por ese don preciado y que serías mejor que ella. Siempre yo te decía: nunca vas a negarme que te crees eso. Tú siempre llorabas, de una forma patética y vergonzosa. Antes de que te durmieras también te lo repetía: Siempre te creíste la Virgina Woolf. Siempre. ¡Admítelo! Incluso cuando follábamos. Cuando cabalgaba sobre ti, te gritaba: Virginia, Virginia criolla. Morirás así, creyéndote eso. No me lo niegues. Es la vida que elegiste, es la vida. Incluso cuando tú ya estabas durmiendo y yo en mis insomnios, seguía repitiéndotelo al oído: Siempre, siempre te creíste la Virginia Wolf. Admítelo. A veces despertabas y me pegabas un manotazo y me decías: Cállate imbécil y yo me ponía a llorar.

Un día escribiste un cuento bastante bueno, lo enviaste a un concurso y saliste finalista. Entonces yo te dije que podía ser que te parecieras a Virgina Wolf, pero que no estaba seguro. Tú te enojaste y me dijiste que era un enfermo, que estabas aburrida, que nunca te habías creído la Virginia, que ya te bastaba con soportarme dos años. Abriste el closet, sacaste toda tu ropa, comenzaste a hacer la maleta; pusiste unos libros, ropa interior, una libreta de apuntes, unos discos, abriste la puerta del piso y te fuiste.

Después de meses yo entendí que nunca debí haberte dicho tamaña tontera. Que debí esperar a que fueses realmente la Virginia criolla y luego amarte así, como la Virginia criolla y latina o la Virginia local. ¿Qué hacer?, me decía. Qué imbécil. ¿Qué hacer ahora que no tengo a mi propia Virginia en casa para que me lave los platos y me haga la comida? ¿Cómo soportar mi vida sin mi pequeña Virginia que me hacía Lasagñas de verdura exquisitas?

Hace unos días conocí a otra escritorcilla. Me gusta. Es atractiva. Una de las primeras frases de la noche fue decirme que ella era escritora. Estuve en la cama con ella, le puse la Virginia 2 y la Virginia 1, que eras tú, estuvo toda la noche en mi cabeza. Te imaginé sobre mí, desnuda, y que gemías y chillabas y me decías que nunca fuese a abandonarte. Y aparecía tu rostro iluminado y me prometías en esa imagen llegar a ser tan bueno como la Virginia, o mejor que ella, mucho mejor que ella. En fin, es lo que me dicen todas las mujeres. Es raro. No sé porqué todas las mujeres escritoras se creen esa mujer. No entiendo a qué se debe este síndrome tan lamentable. Una adicción por caminar, llorar, estornudar como ella. Cada escritora que se me acerca, que me habla, es la Virginia y aunque no me lo digan yo sé que es así, que en sus meditaciones más íntimas se lo creen y disfrutan de eso. ¿Qué será? Tal vez una enfermedad delirante que cogen las escritoras de todas las latitudes del mundo, de todos los puntos cardinales. Yo perfectamente me podría creer Fogwill, como todos los narradores; o Vila-Matas o Carver, o Hemingway o Bellatin (últimamente más bien: Murkami o Fresán). Y caminar, pensar, imitarlos, bailar como ellos. Pero no necesito creer en eso, no necesito estar jugando a eso, sufrir por eso, no necesito escribir una Historia abreviada de la literatura portátil 2, ni tampoco una Muchacha punk 2, menos repetir en cada entrevista la detestable teoría del Iceberg ni la del knock out; ni tampoco pedirle a una trasnacional que me publique, que me llame por teléfono todos los días para no sentirme tan solo, y luego viajar por el mundo en muchos aviones, en un pedazo de papel, y luego volver a Chile y decir que soy mejor que Fogwill, que escribí la Muchacha Punk 3 y que escribiré la Muchacha punk 4 y la cinco y la seis y la siete y seré muy famoso que merezco respeto, seguridad, salir en las revistas nacionales, internacionales como la nueva figura de la literatura latinoamericana, como el representante número uno de la nueva fauna y luego visitarte en los cementerios de noche y buscarte y eyacular sobre tu tumba, como Phillip Roth cuando eyaculaba sobre la tumba de su amada y luego encerrarme en mi casa y describir mi nuevo proceso creativo, y caminar como escritor, bailar como escritor, fumar como escritor, cagar como escritor, llorar como escritor y eructar como escritor. Pero no. Creo que no. No lo necesito. Prefiero el oficio que tengo de limpia waters. Es interesante también este oficio. Se disfruta. Se sacan buenas conclusiones de la vida. Limpiar la mugre es una labor espiritual. Uno es feliz limpiando la inmundicia ajena, créemelo. Se es muy feliz. Se crece como persona cuando uno friega con cloro aromatizado de jazmín, con lejía pakistaní, con plumeros árabes y una escoba china recién estrenada.

Hace dos semanas abrí el periódico, fui a las páginas de Fútbol y luego a las de Cultura. Salía una entrevista a página completa del libro que acabas de publicar. (Lindo libro, te felicito). Como titular el editor puso: Marieta Galarze, la joven escritora que odia a Virginia Woolf. Marqué el número de tu casa y Roberto, tu nueva pareja, ¿tienes pareja? ¿es escritor, cierto? Seguro. ¿Por qué no me llamaste para decírmelo, para advertírmelo, para decirme que sales con un escritor? Eres cruel. Eres muy cruel con tu pobre limpiawateres. Él me dijo que no estabas. Le dije que te dijera que bueno, que en fin, que lo aceptaba, que si querías regresar a casa, podías hacerlo, que te aceptaba tal como eras. Que te dijera que prometía llamarte Virginia desde el minuto que pisaras nuestro antiguo hogar. Que te lo dijera, por favor, que ya lo medité y acepto sin problemas tu condición de neo-virginia. Me dijo que no volviera a llamarte, que ustedes eran una pareja feliz, y si acaso yo era ese loco de remate que me creía Fogwill un día y Carver al día siguiente. Ese loco que se disfraza de Breat Easton Ellis para salir a la calle y que aparece en las fotos maquillado como Chuck Palahniuk o como Thomas Pynchon. ¿Qué le estuviste contando de mí? Eres bastante buena para inventar cosas, eres una mentirosa, una loca. Sabes que a mí nunca me ha gustado la Literatura, para nada. Lo sabes muy bien. Yo sólo soy adicto a la mugre, Virginia mía, no inventes cosas de mí, por favor, sabes que yo amo fregar los suelos y eso me ha ayudado a ser una persona realizada, realizada en la mugre ajena.

En fin, le corté de inmediato a tu nueva adquisición literaria y no te volví a llamar hasta hace tres días. Marqué tu número y por fin me contestaste. Me dijiste que lo sentías, que no podías hablar ahora, que debías ir a tu trabajo, que estabas sola en la oficina, que tu jefa estaba de viaje de negocios y que no volviera a llamarte jamás.

Y bueno, lo que sucederá después de esa llamada es una historia aburrida. Una historia de la limpieza extrema, de la higiene completa y pulcra. Primero obligarte a decirme que de verdad aún te crees esa mujer, obligarte a reconocerlo. Luego un montón de sangre, virginias de mi libreta telefónica muertas; una tras otra; wateres, eyaculaciones en tumbas y diversas profanaciones sin sentido. Luego limpiar la sangre de mi pobre ex-virginia sudaca con cloro, lejía y friega pisos. Imitar una escena completa de American Psycho, sólo para rendirte los honores literarios necesarios. También preocuparme de limpiar la grasa de mi Virginia 2 y de una tercera que conocí anoche en un bar de Montjuic.

Como ves, no soy más que un pobre adicto al aseo. Me encantaría extenderme en esta historia de la excelente pulcritud en el limpiar, es una historia muy bella, pero no tengo muy claro a quién le importa cómo se amplía mi hermosa colección de neo-virginias muertas y bien lavadas.


Claudia Apablaza (Chile, 1978). Estudió Psicología y Literatura en la Universidad de Chile y Escritura Creativa en la Universidad Autónoma de Barcelona y en el Ateneo Barcelonés. Ha publicado el libro de relatos Autoformato (Lom ediciones, 2006, www.lom.cl). Ha obtenido el primer lugar en el Concurso de Cuentos de la Revista aula 2005, primer lugar en el Concurso Filando cuentos de mujer (Asturias, España, 2004), entre otros. Ha publicado en las antologías Bitácora perdida del teniente bello (2007), Pozo (Lanzallamas, Chile, 2006), Mi nombre en el Google y otros cuentos (Alfaguara, Chile, 2005), Lenguas: Dieciocho jóvenes cuentistas chilenos (J.C. Sáez Editor, Chile, 2005), Que el libro sea la llave (Asterión, Chile, 2004), en revistas y sitios web. Reside en Barcelona y colabora en literaturas.com. En Noviembre de 2007 publicará la compilación de cuentistas hispanoamericanos ALBUM en LITERATURAS.COM.










IMAGINARIO

Esa mosca de oro

sintió el rubor de su prisión metálica

y se posó en el vidrio soleado para siempre.

Sopor. Y una imagen entraba

por el pliegue

de la pestaña de otra imagen

y nada podía sacarla

de su ensimismamiento.

Ese hormigueo de la sangre

que ha empezado a dormirse,

que pasa a retirarse,

que cierra apresuradamente las ventanas

como si no fuera (justo hoy) su día de recibo;

esa voz que no hace pie

por la cornisa del brocal,

el eco de su corta

travesía por el agua.

Y otra vez el vano aleteo de esa imagen

que ha dejado cerradas

las puertas del espejo.




DISPERSIÓN

Lucas, 23, 33


Pasarán mis palabras

como el quejido de los gatos pequeños que comen las raíces de la lluvia,

que es preferible ahogarlos –según dicen- antes de que pasen a mayores.

Pasarán mis palabras, Señor, y no cambiará el mundo.

No seré más libre,

ni habrá menos lugares vacíos desde siempre.

Pasarán como el agua por los vidrios,

aunque queden después sucios y opacos

como el río de mi ciudad,

que de tan solo

sólo tiene una orilla.

Y si llegan a desprenderse mis palabras,

de mí sólo quedará

la forma de mi boca

en un callado grito.

Toda totalidad se habrá perdido.

A nadie le importará comprender.

Si tengo suerte, alguno levantará un fragmento

de mi rompecabezas

para hacerlo jugar en otros marcos, cambiándole el valor.

La eternidad del que escribe

es esa ráfaga de otoño.


Isabel Llorca (Buenos Aires, Argentina) De Imaginario fue publicadoen la antología Concurso Nacional SADE 2000 (Sociedad Argentina de Escritores) y Dispersión, Premio Nacional Julio Aristides, en la Revista Ser en la Cultura.


servido por marchenaescritor 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

del-amor-y-otros-cantares

del-amor-y-otros-cantares dijo

Mi querido amigo recien paso a la coctelera..No sé cuántos post me habré perdido pero los voy a leer todos..Estaán interesantes las historias y bueno como tú dices hay una buena variedad de estilos..Un saludo cariñoso..Chauu!!Denise

28 Noviembre 2007 | 02:43 AM

anita

anita dijo

jo, estaba trabajando y me aburría...jeje ya te lo he dicho pero, ME ENCANTA ESTA ANTOLOGÍA, y hoy ha sido un auténtico placer! viva la higiene y todos los creadores! à plus tard!

28 Noviembre 2007 | 12:50 PM

eltioantonio

eltioantonio dijo

Mira que conocer a otra escritora en Monjüit, y luego desaparecerla otra vez, pero creo que nuestro escritor es aficionado de Virgina y su afán de busqueda es infinito.

Excelente, saludos

29 Noviembre 2007 | 12:47 PM

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Sobre mí

adolfo marchena. Okina (1967). mucho por decir y mucho por callar- leyendo en metáforas de colores Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es
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