BAÑERA DE PECES SIN CRISTALES. antología Literatura
LOS MALDITOS
Entró en su confortable casa, mascando el temor en el rostro, demacrado, en silencio. Hoy por hoy, la presencia del peligro en el barrio era vox populi, elcomentario obligado y trasnochado de cualquier mesita de café. El terror danzaba en el siniestro ambiente, se adueñaba de todos, viejos y jóvenes, sin necesidad del incentivo de películas que adaptaran, mal o bien, la obra de Bram Stoker. Ya los vampiros eran reales; ya sus víctimas, evidentes.
Su mujer, sus vástagos, dormían plácidos, ajenos, pletóricamente felices. Pensó despertarlos, reunirlos y decidir entre todos si valdría la pena esa espada de Dionisio el Viejo sobre sus cabezas y arriesgar la vida ante aquellos malditos, por más que la casa naciera dieciocholustros atrásde sus bisabuelos dedicados, como rezaba la altiva tradición de familia. Padre amoroso, debía velar, cubrir con sus tiernas alas el nido propio. Acaso, mejor mudarse, sin atarse culposo a agradecidas herencias.
¿Pero, para qué ponerlos ya sobre aviso? No, no serían horas decentes. ¡Impiadoso, sobresaltar escándalos! Mejor que siguieran durmiendo. Resolvería todo solo. Elucubró y elucubró en su frágil corazón forma tras forma de encarar el neblinoso asunto. Amén que meditaba, que mataba tensiones, que se prodigaba alerta… por si ellos, los malditos, aparecían. Sin embargo, poco a poco, Morfeo lo fue convenciendo. No quería dormir, no debía dormir, pero igual finalmente sucumbió a un sueño profundo.
Al caer el sol lo tenía decidido: abandonarían la casa con presteza. Mas, justo en ese instante, sintió el ruido sordo, ¡y la cruel estaca de madera invadiendo su corazón! Los malditos se les habían adelantado.
ENCUENTROS EN EL MAR
El viejo apoyaba los codos en la barandilla. Ya se conocían de vista, aunque jamás se habían correspondido el saludo. El recién llegado se puso a la par, casi codoa codo, imitando la postura del viejo. Las sirenas del barco se escuchaban cercanas.
Así que contemplando las estrellas para gastar el tiempo. Se ven brillantes, ¿no?
-Ay, joven, a mi edad, ¿se puede dejar morir alguna otra cosa que no sea el tiempo? Mire, no me gusta esta música moderna. No, no voy a perder el poco oído que me queda, por más que ese hombre quiera insistir con sus fiestitas.
El viejo y el joven (que no era tan joven como el otro pensaba) se miraron un instante, creyendo reconocerse. Era algo difícil de explicar. Estaba ahí y no estaba. Al fin y después de una pausa, enojosa por cierto como suele ocurrir con esas pausas, el que aparentaba más joven se atrevió a decir:
-Tiene usted razón. Las melodías no van con este asunto del mar, por más que el mandamás se imagine lo contrario. Si yo fuera él, no dejaría que la música interfiriese. Y en cuanto a la sordera, no se preocupe, yo descubrí hace tiempo que las hay beneficiosas. Mire, le diré, hará un montón de años, yo…
Y su alma se explayó en la anécdota, y los recuerdos surgieron como aparecidos a los que el mundo debía cobijar de nuevo. Palabras que el viejo en parte dedujo y en parte no; más por culpa de la sordera que de las neuronas.
De nuevo la pausa enojosa. Ese espectro brutal que llamamos silencio. Ese escollo, en forma de sigilo educado y modoso, entre seres cultos pero distintos, que aparecen de pronto y están como obligados a permanecer quietos y frente a frente, sin saber cómo continuar ni qué decirse ni cómo o dónde poner brazos y manos. Sí, como dos mundos disímiles que ocupan un mismo mundo.
Al fin, el que parecía ser más joven rompió los pensamientos del compañero:
-¿No habría que intentar avisarles?
El otro sonrió desolado sin mirarlo siquiera:
-¿Avisarles?, ¿para qué? ¿Para qué hacer cosas heroicas? Somos inútiles y viejos para ellos. Ni nos verían. Tendrán menos oído que los marineros de su anécdota o que yo por mi vejez. Y en cuanto a ceguera, créame, no hay generación que les gane. Mejor déjelos, que sigan felices, envueltos en su mala música y abismados en su baile ridículo que en todo hace agua. No hay nada, absolutamente nada en lo que podamos ayudar.
Y otra vez el silencio, apenas roto por la carraspera del viejo tras la brisa helada que venía del norte y se hacía sentir como nunca.
-¡Pero ahora que caigo en la cuenta, no nos hemos presentado! –dijo el que aparentaba ser más viejo, tanto por decir algo.
-Bueno, digamos que no hace mucha falta –¿rió el otro?-. Usted debe ser el que aparece nombrado en casi toda cartelera de concierto del mundo. En cuanto a mí, no sé si la gente me recuerda tanto. No faltará quien crea que apenas soy un mito –terminó riendo.
-Bueno, de todos modos me presentaré: Soy Ludwig van Beethoven.
-Y yo Odiseo, rey de Ítaca, aunque algunos me conoces como Ulises.
Y siguieron apoyados con los codos en la barandilla, contemplando el cielo nocturno. Las agujas del reloj indicaban casi la medianoche. El almanaque, catorce de abril de mil novecientos doce. Pese a la vejez y a la niebla, ambos espectros ya empezaban a divisar la enorme masa blancuzca.
Héctor Ricardo Zabala (Argentina, 1946). Contador público nacional de la Universidad de Buenos Aires. Además de escritor es ajedrecista siendo campeón latinoamericano (CADAD 1994), maestro internacional (ICCF 1999), maestro internacional senior (ICCF 2001) y medalla de plata (ICFF 2002). Actualmente reside en Buenos Aires, afiliado a la Sociedad de Escritores de San Martín (SESAM) donde ejerce como jefe de redacción de la REVISTA SESAM desde enero de 2007. Entre sus obras premiadas figuran “Los malditos” (primer premio en el XIV Concurso Nacional de Narrativa y Poesía de Poetas del Encuentro. Villa Ballester, Provincia de Buenos Aires, 28 de mayo de 2005); Encuentros en el mar (segunda mención en el Certamen Literario Nacional “Prof. Argentina Harrand de Travi” en el 2006, de la Sociedad Argentina de Escritores –SADE-, Sección Escobar. Belén de Escobar, Provincia de Buenos Aires, 17 de diciembre de 2006). Además de estas dos obras incluidas en la antología, varios cuentos suyos han sido premiados o mencionados como: “Reyes Magos”, “Cuento invisible”, “Educación sexual como en los 50”, “La emboscada” o “Su primera salida”, entre otros.
PIEDRA SIN MÁS
César Vallejo ha muerto… Te moriste en París con aguacero. Temprano era el recuerdo que tenías de aquel día cantado donde un hombre acorta su presente humano y serio. Te moriste en París con aguacero. El verso era sencillo como un juego que los niños componen en la calle bajo los estribillos más ingenuos. Te pegaban con palos y con sogas. Los días jueves y los huesos húmeros lo vieron todo y no dijeron nada. La soledad, la lluvia y los caminos fueron también testigos que callaban. Tú nada les hacías, buen Vallejo, pero aún así te daban y te daban.
(del poemario “Modus faciendi”)
COLECCIÓN DE AFECTOS
Mahatma, un verso es algo prescindible. Predicar sin dar trigo es lo corriente: ande caliente yo y allá la gente. Observa la Verdad inconfundible, no hagas el mal y rige en lo posible en tu pasión. Los mansos son llamados a servir sin violencia y confortados en la humildad del polvo de la rueca para alzar su plegaria en huerto y lleca: Te amo, Señor, con todos mis pecados.
Enero de 1998, 50 aniversario de la muerte de Ghandhi
(del poemario “Modus faciendi”) Alfonso Pascal Ros (Pamplona, 1965) ha publicado 15 poemarios desde Poeta de un tiempo imaginario (1987) hasta Mares bajo noches (2000), además de una recopilación de su poesía en Primera reunión (1995). Es autor también de poesía infantil: La huerta de Ana (2004); libros en prosa: Príncipe de Viana (2002), Íñigo Arista (2003), entre otros; piezas teatrales: El Legado/El caballero, Revista Alhucema, número 17, Albolote (Granada), 2007; y colaborador en publicaciones de turismo sobre Navarra en la editorial Everest.



Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es

eltioantonio dijo
Hermosa recopilación, al ver el apellido Vallejo, pensé en Fernando, me asusté porque no deseo que nos abandone pronto este escritor colombiano.
Por otro lado, el amor por la literatura es adictivo, he allí su misterio.
Saludos
22 Noviembre 2007 | 07:29 PM