EL CRISTAL DE VENECIA
2.
Kurt decidió salir aquella tarde del trabajo y no ir directamente al café-galería. Acumuló otros diez minutos a su jornada laboral, como habituaba, e hizo un recuento mental mientras conducía hacia el centro de la ciudad. Era jueves y tenía casi una hora ganada. Pensó que este jueves podía quedarse más tiempo en el café-galería, un día especialmente animado y acudir a la mañana siguiente más tarde al trabajo, compensando el control horario que tanto le gustaba controlar a Kensley. Y así todo quedaría a cero. Si reprochaba la actitud de éste cuando llegaba con sus listados semanales tampoco le agradaba regalar su tiempo. El menos suponía un castigo y el más la indiferencia. A no ser que tu técnico o algún otro superior te lo pidiese, aquellas horas no eran convalidadas por días de libre disposición. Todo por escrito. El tráfico era intenso y los conductores impacientes tocaban el claxon apenas el semáforo cambia del rojo al verde. Kurt pensaba en esos momentos de inmovilidad en lo escrito. Todo por escrito. Desde las cuevas de Altamira a Laxcaux, la escritura cuneiforme, los jeroglíficos, las firmas de los tratados. Tal vez fuese mejor dejar de hablar y dejarlo todo por escrito. No habría dudas en las discusiones. Yo dije aquello… Entonces sacarías de un archivo la conversación de aquel día y podrías ratificar lo escrito. Muchos mal entendidos dejarían de existir. Aunque supondría un gran inconveniente para quien hablase mucho, más bien lo escribiese. En estos días en que Kurt no había visto a Luver, cosa que le extrañaba, investigó sobre el dichoso cristal de Venecia, que según Luver era de suma importancia para su investigación histórica.

Aquella mañana el sol se mostraba tímidamente y los soldados lo agradecieron, después de unos días de lluvia. Según el parte metereológico, casi siempre indeciso, anunciaba unos días de calor. El capitán, al que apodaban la grulla –otros le decían la garrapata-, se mostraba nervioso, reuniendo en la sala de mando de operaciones, ubicada junto a su estancia confortable, cavada bajo tierra, a sus inferiores en graduación. Estoy inquietaba al resto de los soldados. Kurt sostenía sobre sus manos un envase metálico. Después de aguardar en la fila le llegó el turno, donde le dieron el café y una rebanada de pan con un poco de mantequilla amarillenta y un punto de confitura. En alguna ocasión recibían una onza de chocolate, generalmente los domingos, antes de que el capellán ofreciese la misa. Orson se sentó a su lado. Enfrente, con sus rifles apoyados y la boca del cañón protegido, Levis y Michel desayunaban en silencio. El frente parecía tranquilo si bien los observadores se mantenían en sus puestos. Tenían por costumbre juntarse hombres de la primera y la tercera compañía. La convivencia resultaba pacífica, salvo en el caso de Malraux, que siempre andaba quejándose o provocando alguna trifulca.
Kurt aparcó el coche en un parking subterráneo. Solía frecuentar una librería que se encontraba a pocos metros. El garaje, como casi todos los garajes, resultaba tétrico. Poco iluminado, salvo la cabina donde el cobrador te validaba el ticket. Saludó a las libreras y fue inspeccionando. Las novedades y sobretodo los best seller, no le interesaban demasiado. Siempre buscaba algún autor nuevo. Narrativa, poesía, historia, biografía, filosofía, psicología… Todo le interesaba. Encontró un libro muy completo sobre el budismo. Por aquel entonces el camarero del café-galería practicaba el zen y continuamente le comentaba o le soltaba algún dicho. Así que se interesó por la materia. Y aunque varios libros más llamaron su atención solamente se llevó el libro que se titulaba Budismo. Tal cual. Debía comenzar por lo general, digamos, si después pretendía adentrarse en lo particular. Al pagar se entretuvo charlando un rato con una de las libreras, a la que preguntó por un libro descatalogado. Se lo podían pedir y accedió. Como ya guardaban sus datos en el ordenador no perdió demasiado tiempo. Antes de coger el coche entró en un bar, situado enfrente. Un bar de forma alargada cuyas mesas ocupaban en hilera la parte izquierda de la pared. Acostumbraba a sentarse en la barra. Pidió una cerveza. Estuvo ojeando el libro mientras las voces, algunas más altas que las otras, provenían de las mesas. Ancianas que se reunían, una pareja que se miraba con ojos de melocotón o un ejecutivo, tal vez un escritor, que trataba de teclear sobre un ordenador portátil, sin olvidarnos del inconfundible lector de periódicos que te encuentras en todos los bares.
-He escuchado que en tres días atacamos –le dijo Orson a Geor.
-¿Quién te lo ha dicho?
-Ya sabes que aquí todo se sabe y el secretario es una fuente de primera.
-¿Hay más datos? –quiso saber Geor.
-Desconocen si será la primera o la tercera compañía la que ataque. Calculan que en tres días, desde Chantilly avanza una división de apoyo, creo que es la 13ª de Dupont. Dicen que debemos avanzar hasta Ham para desde allí tomarles por la retaguardia y recuperar la zona de Bert.
-¿Cómo es que tienes tántos datos? –le preguntó un tanto sorprendido Geor quien por un momento se trasladó al salón donde su mujer tocaba el piano.
-Ya sabes que Montenieu es un secretario muy eficaz y retiene todos los nombres.
-Si le cogen pasándonos información lo mandan directamente a París.
-Te aseguro que no. El capitán ya lo sabe, no es tonto, y le conviene que estemos avisados. Para él supone un incentivo, cara a nuestra fortaleza. Lo sabemos y lo pensamos. Nunca piensa en que nos podamos preocupar.
-¿Y cuál de nuestras compañías acompañará a la división?
-Ni idea. Tu eres de la tercera y yo de la primera, así que está claro que uno de los dos irá.
-Sí –respondió Geor. Una nube cubrió el sol que ya se mostraba, de no ser por el chorreo constante de nubes grisáceas, algunas más oscuras que daban mayor brillantez a las que se mezclaban con el blanco haciéndolo más intenso. Geor pensó de nuevo en su mujer, en la acomodada casa de dos pisos que tenían a las afueras de París, a escasos kilómetros. Seguramente ahora el humo de la chimenea podría distinguirse desde el camino que llevaba a la ciudad.
Kurt se entretuvo sacando unas fotografías antes de entrar en el café-librería. Antes de volver al garaje para coger el coche se encontró con un viejo acordeonista que tocaba por las calles. Cada día se ubicaba en un punto diferente, al igual que su compañero, con quien Kurt se cruzo una noche en que regresaban. El viejo acordeonista le presentó a su compañero, algo más joven. Volvieron a desplegar sus acordeones y le dedicaron una melodía. Parecía del este de Europa. Kurt fotografió aquel gesto. Su habitual mesa se encontraba vacía, como si el camarero zen influyese sobre ella para que Kurt la encontrase, en ocasiones, con las tazas o las jarras aún no recogidas. Las mesas del primer piso estaban ocupadas. Las dos jóvenes estudiantes le saludaron y le invitaron a jugar al parchís pero Kurt tenía otros planes.
-¿Cómo va Kurt? –le preguntó el camarero.
-Sin novedades en el frente –parafraseó Kurt y pidió una jarra.
-Esta noche vendrá Michel y le acompañará al violonchelo Trenca, ya le conoces. Me dijeron que a eso de las diez.
-Cojonudo, me encanta escucharles. Y me inspiran para escribir. Ya sabes que ando corrigiendo un poemario y, por cierto, he comprado un libro sobre budismo.
-Ya te lo dije: cae la nieve, cada copo en su sitio.
-Siempre me lo dices, a ver cuando me cuentas una de esas pequeñas historias zen tuyas.
-Cuando vuelvas a bajar a por otra cerveza. Por cierto hoy vienen Loran y su séquito.
-Joder, lo sabes todo. ¿Y por qué me lo dices? –le preguntó Kurt mientras sacaba del bolsillo un paquete de tabaco.
-No eres tonto. Ya me has hablado del tema y sé que no te gustan. Y tus críticas tampoco son demasiado buenas para su grupo. Y ya sabemos que les encanta ser el centro de atención. Y como siempre, tienes que soltar alguna de tus indirectas o esas ironías que te marcan.
-No te preocupes, esta noche me limitaré a escribir, a escuchar música y a saludar. Cortésmente.
-Lo de los enemigos no está mal pero protégete las espaldas. Y sabes que te doy la razón.
Ya en la mesa se deshizo de su chaqueta de cuero y dispuso la pequeña libreta donde escribía y el borrador del poemario. Dio una calada al cigarrillo y tomo un buen trago de cerveza rubia. Según el día se inclinaba por una u otra, e incluso añadía un pequeño vasito de whisky en su interior, algo que también le enseñó el camarero. Pensó en sus palabras. Cierto que no tenía gran aprecio por el grupo de Loran. Kurt había comenzó en el campo de la revista impresa codirigiendo Alimania, con su gran amigo y mentor, como Kurt siempre afirmaba en alguna entrevista, Jolristi. Pero los temas institucionales se torcieron y la revista dejó de publicarse. La única revista que existía en esos momentos era la de Loran y su séquito y Kurt siempre manifestó su desacuerdo. Ante muchos aspectos, algunas de cuyas afirmaciones se publicaron en prensa.

Atardecía en el frente. La normalidad reinó durante el día, salvo algún disparo esporádico. Los informes al capitán siempre eran los mismos. Sin movimientos relevantes. Pero el capitán guardaba una ligera sospecha. Los soldados se entretenían esperando la cena. Algunos jugaban a las cartas, otros discutían, muy pocos leían y otros muchos miraban viejas fotografías. Sacar la cabeza era peligroso y la visión no resultaba agradable. Un terreno baldío donde las bombas y los obuses mostraban un campo bañado por enormes hoyos, donde miles de muertos se descomponían poco a poco. Si el viento soplaba del norte la pestilencia se hacía insoportable, a pesar de la costumbre. Una costumbre siempre nueva. Algunos soldados se entretenían disparando a las ratas. De vez en cuando caía alguna liebre o un conejo pero quedaba allí. Se habrían matado por comer liebre o conejo pero salir a buscarlo resultaba del todo insensato. Era preferible mirar hacia la retaguardia, donde podían ver un pequeño bosque de coníferas, que conocían cuando iban al puesto de observación para trasladar en carros las provisiones. No era una misión peligrosa y todos estaban encantados cuando les tocaba el turno. Podían adentrarse un poco en el bosque y sentarse a la orilla de un pequeño río que serpenteaba, ajeno a la guerra, aunque en alguna ocasión algún cadáver bajase flotando, lo cual lo hacía desagradable. Luver vino a sentarse al lado de Geor, que leía un pequeño libro de poesía. Viéndose obligado a escoger entre ese libro y la Biblia prefirió guardarse el primero, le recordaba más a su mujer.
-Tengo algunas noticias –le irrumpió Orson. Geor volvió a guardarse el libro en el bolsillo interno de su cazadora.
-Supongo que Manteniau ha vuelto ha hablar.
-No te equivocas. Se volvieron a reunir después de comer. Y sabes, has tenido suerte. Mi compañía se une a la división que viene de camino para el ataque.
-Lo siento y lo mismo hubieses dicho tú. Cuando llegué el día te desearé suerte. Ya sabemos que el próximo ataque o contraataque le tocará a mi compañía.
-Aquí no existe ninguna certeza. Y olvidas que muchas veces sale una tras otra. Aunque ahora tenemos pocos hombres.
-Por eso nos mandan refuerzos. Y espero que vengan bien acompañados de víveres. Y las cartas, sabes si traerán cartas –preguntó Geor, algo inquieto.
-Siempre traen correo. ¿No temes a nada?
-A qué te refieres, Orson.
-Nada, me refiero a la guerra.
-Lo que todos. Morir y ver cómo mueren los amigos. Quisiera, por un momento, volver al calor de mi hogar.
-Todos queremos volver a algún sitio pero de aquí sólo sale el que cae mal herido y tiene la suerte de ser recogido por los camilleros.
-Ojalá cayese mal herido.
-No digas tonterías, Geor. Estamos aquí y lo único que podemos esperar es el día en que nos releven. Sólo eso, no veo otra cosa.
Habían transcurrido dos horas y Kurt tomaba su quinta cerveza. Continuaba corrigiendo, saludando de vez en cuando, también a Loran y su séquito. Fue cuando entró su amigo Luver, a quien no veía en unos días. Pidió su jarra y subió hasta la mesa de Kurt.
-¿Dónde te has metido estos días, Luver?
-Siento no haberte llamado ni haberme pasado por tu casa pero, no sé, estoy hecho polvo.
-Pero se puede saber qué cojones te pasa ahora. ¿No te va bien con la investigación sobre el santo grial, los templarios y los cátaros?
-No, no es eso, es Rónica. Ya no sé si me quiere o no me quiere, si está jugando conmigo…
-Sabes que me separé de ese grupo con el que andas hace tiempo. Me achacaron la ruptura de Elvya con el imbécil de Marko. Desde entonces no quiero saber nada. Además, no me dijiste que Rónica estaba enamorada de un jugador de baloncesto. Pues el tío es conocido y mide más de dos metros.
-A mí eso no me importa.
-Pues a mí me importaría. Además, Luver, acepta que no está enamorada de ti y ya está.
-Pero tengo un problema. Este sábado celebran una fiesta en casa de Elvya, dicen que va a reconciliarse con Marko. Me han invitado y quiero decirle a Rónica lo que siento.
-Mira Luver, sabes que te aprecio, eres un gran amigo pero todo esto me parece estúpido. Si quieres ir a la cena o fiesta o lo que sea vas y allí te planteas, o más bien te comportas y haces lo que creas conveniente.
-No me atrevo a ir solo.
-No me vengas ahora con chorradas. ¿Con quién has estado estos últimos días? Y no hace falta que me respondas.
-Esto es distinto, Kurt, necesito que me acompañes. Te lo pido como amigo.
-Luver, en confianza, hay cosas que no debieran pedirse. Es tu historia y ya te estoy ayudando con el cristal de Venecia –Kurt trataba de hacerle cambiar de tema- y además yo no sería bien venido, más cuando me dices que se plantean volver a la relación, Elvya y Marco. Pretendes llevarme a la guillotina. No lo veo de otra manera, que no somos adolescentes, vas y lo pasas bien y yo qué sé, la noche correrá y tendrás que aceptar lo que sea.
-Tienes razón, te pido demasiado. Pero me gustaría que vinisieses.
-Te repito que no. Por cierto, cómo va tu investigación.
-La he tenido un poco abandonada. ¿Tú has descubierto algo sobre lo que te pedí?
-Yo no soy historiador como tú y me muevo por instinto pero creo que lo del cristal de Venecia tiene más connotaciones de las que pensabas. Sólo te centras en los templarios, básicamente.
-¿Qué quieres decir?
-Yo no me aclaro demasiado, te digo la verdad. Buscas el santo grial. Y cuando vas por las noches a mi casa la mitad de la conversación gira en torno al santo grial, hasta que te has trincado media botella de whisky y te olvidas. No opino al respecto, no soy ducho en la materia y se supone que el que tiene que saber de estas cosas eres tú.
-Está bien, Kurt, pero dime de una vez qué has descubierto.
-En tus investigaciones buscas un cónclave. Según tú lo tienes localizado en radio de unos sesenta kilómetros. Recuerdo cuando me llevaste a la iglesia abandonada de Alcaria. La de las serpientes, no recuerdo cómo las llamaste.
-Ourobobos, la serpiente alada con rasgo de dragón que continuamente devora su propia cola.
-Lo recuerdo, como que dijiste que era un símbolo pagano y todo eso del círculo. Sigo, para que luego tú verifiques o veas si te puedo ayudar en algo. Se supone que si localizas el punto exacto tendrás que saber cómo entrar. Con ese detector de metales que te han enviado de Alemania no creo que consigas mucho. Entonces pensé en todos los inventos de Leonardo da Vinci y en sus complicadas aperturas. Esto aparece en todas las películas. He buscado en la biblioteca de mi trabajo y se menciona algo sobre un sistema de apertura que funciona gracias al cristal de Venecia.
-Tienes datos de lo que me dices –le preguntó Luver olvidándose por completo de su cena.
-Todo fotocopiado pero no lo he traído. Bien, trataré de explicarte lo que he entendido, luego tú investigas. Ya sabrás que la orden de la Rosacruz fue fundada en el siglo XV, según la leyenda por un tal Cristian Rosnekreuz y este caballero estuvo en Palestina, Damasco y sobretodo en Tierra Santa. Te lo digo porque tu búsqueda real es la del tesoro de los templarios y te pierdes en Tierra Santa.
-Claro que conozco el tema, Kurt, a finales del XVII fue un importante movimiento esotérico. El símbolo, uno de ellos, es la cruz envuelta por una corona de rosas rojas, donde puede aparecer un triángulo doble o una estrella donde a su vez, como símbolo principal figura el pelícano.
-Serpientes y pelícanos. Ya vamos reuniendo la fauna, y no pretendo hacer ninguna gracia. Con todo esto lo que te quería decir es que , ya lo verás en la ilustración, el mecanismo del que te he hablado, el que atribuyen a Leonardo tiene forma de triángulo doble. Y hasta aquí he llegado Luver, pero no tengo ni idea de si todo esto tiene alguna relación.
-Más de lo que piensas, Kurt. Tráeme para el próximo día las fotocopias y sigue investigando. Para mi son pistas importantes y te lo agradezco.
-Si te soy sincero para mí es un galimatías. Por cierto en los últimos cinco minutos has mirado cosa de quince veces el reloj.
-He quedado ahora con Rónica y su cuadrilla. Aquí al lado. Si quieres venir.
-Ya sabes que no, además quiero escuchar a Michel y Trenca, supongo que aparecerán de un momento a otro.
-Nos vemos con más tranquilidad o me paso por tu casa. Esta cerveza no la pagues, te invito.
Kurt se quedó más tranquilo, después de recordar tantos datos históricos. Guardó el poemario, cerró el libro. Lo dejó todo. Esperando escuchar el jazz y las improvisaciones que lograban llenar el café-galería. Y Kurt, en su atalaya, se olvidó de tesoros y de amores imposibles. Lo de la historia le entretenía, lo de los amores no lo comprendía. Y se imaginó un muro, en el que pones un ladrillo sobre otro, alineándolos de tal manera que luego sólo basta con alicatarlo.
adolfo marchena. Okina
Imagenes: Claude Cahun y Gustave Moreau

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