NO SÓLO LOS HUEVOS HACEN TORTILLA

Ayer leí un comentario en un blog, no pude tomar el nombre porque iba y venía debido a los arreglos de la coctelera, acerca de los premios planeta. Las respuestas eran evidentes ante un hecho que ya no merece más madera que la que ha ardido, en un blanco y negro de transición al color evidente de una realidad caprichosa donde se juega al hombre rico, hombre pobre, mostrándonos las dos vertientes de la literatura –de la creación en general- de la que en alguna ocasión he hablado. Pero hemos de tomarnos todo esto con humor no sea que nos crezca un cáncer o nos tachen de envidiosos. Anoche debió ser la gala cuyo guión ya estaba escrito de antemano. Hace una década se publicaron algunos artículos bajo mi firma que suscitaron el enfado de ciertos editores. Uno de ellos llegó a responderme, retándome literalmente a acudir a la feria del libro de Madrid. Evidentemente fui, acompañado de Manuel Moya, donde posteriormene nos encontramos con el también escritor Luis Felipe Comendador y otros conocidos que por aquella época todavía nos reuníamos en congresos, sobretodo el de Escritores y Editores Independientes, en Huelva. Tuvimos una tertulia en un centro cultural de Rivas Vaciamadrid, junto a otros escritores, de los que no conocía a todos, por supuesto. Me imagino que este editor-retador se encontraría en su caseta con algún nombre de postín que le diese tutelaje y matrícula a su editorial y que, de saberlo (que toda aquella marabunta se encontraba reunida, tan cerca), se habría escondido en el lavabo de señoras. Quienes creen ostentar un poder, por ínfimo que éste sea, salvaguardan sus espaldas e ideologías o más bien su política editorial, bajo un sello que con el tiempo acaba despegándose del sobre dejando de relieve lo que verdaderamente supone sentirse en blanco. Volviendo a los premios planeta estos no son otra cosa que esa punta del iceberg que muestra la actualidad de una cultura entroncada con ciertos vicios que se han convertido en el devenir de la letra impresa. Bajo el tópico de que no han de pecar justos por pecadores, la mayoría de los editores buscan maquiavelicamente su beneficio dentro del negocio (o mercado) que les permita seguir ampliando su status y la longitud de eslora de un yate. Comer pastelitos de arroz en plena vía cuando el sol ahorra el solarium del importunismo y de un juego descarado al que se añaden los críticos, los propios autores y el marketing (y ultimamente algunos políticos), sin duda alguna, como toda esa publicidad, que se convierte en rey de los objetos, las cosas y los seres vivos o vivientes. Publicidad que eleva, al fin y al cabo, a una persona, un bote de tomate o una cerveza con sabor a ajo. Y a joderse, que dirían muchos. O tragas o la mamas, sin distinciones de sexo ni culturas. Que en este juego a todos les va el intercambio de cromos y la satisfacción de completar el álbum de la vanidad que podría tratarse de la hoguera de Kundera. Ya apostillado el hecho real de que autores o autoras gustan de estos flirteos, sin ser necesario dar datos ni oficiar nombres que por sí mismos y otros desencadenantes suman letras en las reales posaderas de la lengua, triplicada la O de oferente o la Z de zahúrda, donde la pobre Ñ trata de sobrevivir (con ella el coño, el moño, el ñoño, o la niña) la doble espiritualidad, convertida en ocasiones en oportunismo casi voyeaurista, considero que existen dos tipos de creadores, sin que se haga preciso diferenciar géneros o campos. Aquellos que trabajan por propio placer y aquellos que cuentan con “negros” y se suman al espectáculo circense del actual panorama literario. Luego se olvidan de sus estudios filológicos y se pasan al fisiológico, ocupando espacio en revistas de opinión, maquillándose antes de entrar en programas televisivos o riéndose junto a políticos de cualquier sigla susurrándose al oído que el último libro publicado lo escribió un “negro” quien dedicó un año en exclusiva de veinticuatro horas para extraer de cuatro líneas casi inapreciables una novela cuya banda roja anunciaría el último libro, el mejor libro, tantos mil vendidos. Y cargada la lana, de nuevo el olvido. El best-seller no deja de ser, en la mayoría de los casos, lo que fuera la religión –aún latente- si no el opio de los lectores. Y aquí reside también un grave problema. El bombardeo de la crítica y el marketing mencionado convierten al lector en un ente sin poder de decisión, abrumado ante el cartel publicitario que se cuela por el ventanuco del baño cuando uno se encuentra en pleno acto de servicio escatológico. Y el poder de la vista, o la estimulación, ante una mesa bien adornada es algo que difícilmente podemos dejar de lado. El lector, en este sentido, debiera tomar un poco más las riendas, entrar en una librería olvidándose de los nombres y comprobar que abriendo un libro, en la página 1, 34 y 69 por ejemplo, con cuatro frases, puede darse perfectamente cuenta de si realmente acabará leyéndolo o no. Otra cuestión ya es la de coleccionar libros. Nunca podremos dejar pasar inadvertida la división de castas en todos los sectores de la sociedad y esto también incluye a la creación. Y olvidé mencionar con tanta arena el tema de los plagios. Demasiados desconocidos que han sido usurpados de su propia palabra y aquellos que se atrevieron a abrir la boca ante la maquinaria editorial-escritor oficial-gabinete de abogados tipo Gerge Kluny (que ya sé que no se escribe así, pero
es por desdramatizar), decía los propietarios de algunas obras no sólo se quedan sin ellas; han de pagar las costas y consentir cabizbajos la altanera sonrisa del séquito mercantil-editorial-escritor que sale con premura, indiferente, para firmar los papeles de su nuevo Mercedes (que también está en boca de todos). Puestos a escribir, como dije, hace ya una década, quiero permanecer junto a la sonrisa, la que aún conservo de aquellos tiempos. Y empecinado como Galileo (“sin embargo se mueve”) vuelvo a la inquisición para seguir riéndome del teatro que Shakespeare debió escribir algún día, como lo hiciera Eugene Ionesco, máximo exponente del teatro absurdo, donde en una de sus obras, El rinoceronte (1959), su principal protagonista va siendo apartado de la pequeña sociedad de su ciudad a medida que lucha contra el conformismo de los hombres.
Mi última experiencia directa editorial, también hace una década, me llevó a comprender ciertos entresijos y el cambio que adoptan las personas ante el devenir de los acontecimientos, esa perspectiva de conseguir lo que sea bajo cualquier medio o instrumento. Siendo todo real y sabiendo que algún día los hechos se conocerán, tengo a bien tomarlo como una fábula. Conocí a un pseudo escritor cuando yo trabajaba en una oficina. Entonces él se encontraba en cultura, siendo su especialidad el arte. A mi regreso de uno de los encuentros de Huelva, en el largo trayecto en autobús, planifico la que luego sería Factorum, la última revista impresa que dirigí. Trabamos amistad, nos tomábamos nuestras cervezas, conocí a su mujer, luego a su hijo, a quien cuidé en alguna ocasión. Como dice el anuncio: lo normal para un idiota que iba a ser manguneado. Cuando le traslado mi proyecto el sr. Peyote (lo dejaremos así hasta que el devenir ponga su verdadero nombre) me traslada el suyo, levantar una editorial. Y empleo el verbo levantar, menos solidario que edificar. Durante dos años trabajamos conjuntamente en ambos proyectos. Se publica tanto el primer número de la revista como el primer libro de la editorial que ambos presentamos conjuntamente en prensa. Olvidaba mencionar y sería un error, que a la hora de invertir en el proyecto del sr. Peyote, intervino otra persona que por aquel entonces trabajaba como profesor en una ciudad del Sur, a la que tuve oportunidad de ver en una sola ocasión. El tiempo transcurre (mientras coordino la revista y ayudo en la selección de obras), se crea el apartado de poesía, vienen las traducciones, que cuentan con ayudas institucionales, lo que da mayor continuidad a la editorial. Cuando por motivos personales me voy a Plasencia, en 1997, tengo que abandonar mis funciones como director y la revista deja de publicarse. A mi regreso el sr. Peyote ya casi no me recuerda (o no quiere recordarme). Y además sin conocer el motivo he sido desprestigiado y muchos nombres que en su momento aportara personalmente a dicha editorial, han desaparecido de mi agenda. Al menos consigo recuperar algo del dinero invertido, lo estipulado en las actas de constitución de dicha editorial. Pero el sr. Peyote a fecha de hoy no ha reconocido jamás el verdadero origen y cómo se forjo dicha editorial (quiénes estuvieron en esos duros comienzos), configurándose, como las tripas de un ordenador, en el artífice de todo proceso evolutivo en este fabuloso campo de margaritas deshojadas. Es decir, todo lo ha hecho el sr. Peyote. Y para terminar con esta sr. –aunque habría muchísimo por aclarar- recuerdo sus comentarios en torno a la creación. Publicar lo menos posible, calibrar, etc. etc. Sólo decir que lleva como ocho libros publicados (las influencias influyen), también ha escrito filosofía y han cantado sus poemas. De modo que los fabulosos consejos de cómo y cuando publicar se convirtieron en una actitud hedonista que confluye en he sido cantado o me han cantado. Si no menciono nombres es porque no quiero perjudicar a un niño que verá en su padre una figura, entre otras cosas y tampoco es el momento ya que soy de los que piensa, a modo oriental que “cae la nieve, cada copo en su sitio”. Tampoco por miedo, nunca lo tuve, y ya me he visto frente a más de un juez por decir lo que pensaba, como ahora, donde no creo ofender a nadie aunque nunca sabes cuando te llegará una citación. Pero, cuidado, que en una ocasión me acusaron de peyorativo y tuve que guardar mis cuatro días de arresto domiciliario con tres visitas diarias por parte de las autoridades competentes. Sólo quiero añadir que si a algún lector este artículo de misterio (nuevo género literario) le sugiere la mínima duda, haciendo un seguimiento podrá hallar muchas claves a una verdad documentada y evidente. Sólo puedo decir que ahora el sr. Peyote, vivimos cerca, si me ve por esa calle que nos conduce a correos, aparta la vista. No hay rencor, señores, sólo el deseo de que, como en todo, la verdad se haga tributo y no tribuno, de que la necedad no nos ciegue, de que nos olvidemos de ese terreno donde juegan los hipócritas y que los verdaderos escritores y lectores, trabajen sin ningún vicio adquirido por planeta, por el sr. Peyote o por el crítico que dijo que Kurt Vonnegut no tenía ni puta idea de escribir. A lo que Kurt le hubisese contestado: “Te digo la verdad. Nosotros estamos en la tierra para tirarnos pedos y no dejes que nadie te diga lo contrario”.
adolfo marchena. Okina
Imagen: Lucas Granach y retrato de Walt Whitman


Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es

melita dijo
Que había algo en mí que me decía que no eras precisamente un bloggero más... pues me he llevado la sorpresa, aunque claro aún me quedan muchas dudas acerca de quién eres, pero bueno, veo que también has pecado de buena fé, como todos claro!!!
Y si, quien baja la mirada ante tu presencia es porque sabe muy para sus adentros, que algo debe.
te he enviado más de mis poemas, espero seguir dentro del plazo (un poco despistada para las fechas, verdad?)
Bueno, no siendo más, que tengas una buena semana, que por acá esta semana en particular, sólo dura 4 días.
16 Octubre 2007 | 10:17 PM