HISTORIA DE UNA TARDE

Me despiertan, mi sueño es como
una inconstante gravedad donde
los murciélagos reprochan su cueva.
Salgo a la calle. Hace buen día.
Es cierto, puesto que acá nunca
hace buen día. Pero hoy, parece ser
todo el mundo sale a calle
a tomarse unas cervezas.
He de llevar fotografías de mis cuadros,
tal vez los cuelguen, como a mi en ocasiones
quisieron colgarme.
Entro en el bar.
Lo contemplo todo.
Una señora toma vinos de continuo y fuma.
Una joven se queja de que su hija
se va de fiesta.
Viene más gente y más gente y más gente.
No sé en qué pensar pero en mi cabeza
brota el poema. Luego surge lo innecesario
Veo a Manolo. Le fotografío, por primera
vez, en el exterior. He de hablar con él.
Quiero saber qué sucedió en Rusia
cuando se lo llevaron de joven.
Su vida me parece ya casi la mia.
Siempre con la misma chaqueta.
La farola al fondo,
como un espejo que te dice o te sugiere.
Pero nadie se mira
nadie te mira o todos te miran.
La niña quiera agua.
Su padre la eleba con su falda corta.
Hago fotografías.
Soy buque que proyecta un no naufragio
una no cautela una no sentencia
que sea acusatoritoriamente falsa.
Regreso. Me encuentro con la vecina
del cuarto. Entra. El ascensor es pequeño.
Camina con una especie de andamiaje.
Y me cuenta que viene de un centro
donde les han invitado a un café y pastas
y les han regalado un clavel.
El suyo es amarillo.
Siempre que me ve me detiene.
Y yo, con un poema en la cabeza,
que no es este
pero es este.
Pensamos pero se aleja todo.
Me habla de las actividades,
de todo aquello que hacen,
de jugar al bingo sin gastar dinero
(o plata)
Yo no sé qué pensar.
Ya no sé qué pensar.
Sólo quiero escribir.
El poema ha de nacer de una relación
contigo mismo y en estos momentos
yo estoy, digamos, fornicando
conmigo mismo y encuentro la soledad
que requiere mi alma, si existe.
Cuando entro en este cuarto alquilado
veo que todo sigue igual,
que nada ha cambiado.
Las manchas en la pared
siguen intactas.
Nadie me ha hecho ninguna propuesta
salvo una mujer que llama a las tantas
de la madrugada porque quiere follar.
Apago el teléfono.
Y no hay más, salvo mis ganas
de no ocultar lo invisible,
y buscaré ese lugar,
ese lugar donde detener mis pasos.
Todos lo tenemos
o acaso somos bobos
y no sabemos que nos dan
dientes por uñas.
Pero pienso en la niña bebiendo
agua, simplemente, y el poema
que tenía impreso quedó en otro lado
pero hago lo que puedo.
Así que:
Esta es la historia de una tarde.
(Y encontré un certamen sobre
fotografía de disminuidos.
Pero Vaya por todos.
Me presentaré. Por ellos)
adolfo marchena. Okina
Imagen: Patinir

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