PARECE NIEBLA
Parece niebla, pero no, no del todo, no claramente, es una especie de niebla, una especie de... Como si delante de las cosas se hubiera instalado una cortina, una palmo de espacio incomprensible.
Conduzco no demasiado tranquila. En realidad, ni siquiera conduzco. Me muevo. Transcorro. Corro. Algunos me lo dicen. Y yo, en cambio, a veces pienso que debería frenar... ¡Es tan difícil mantener una velocidad constante!
La carretera va apareciendo a medida que avanzo, siempre rodeada por esta especie de calima inexplicable, innecesaria.
O es de noche o es de día. Pero no llego a saberlo nunca. Hay una luz opaca que, perfectamente, podría corresponder a la iluminación blanca de la luna o a la del sol, amortiguada por esta bruma espesa y pesada.
De reojo veo que a los lados acontecen historias, pero no puedo detenerme, voy directa a no sé dónde exactamente, pero justo cuando dejo de apretar el acelerador, la carretera hace pendiente y las ruedas ruedan solas camino abajo, de repente, ajenas a mi voluntad y haciendo bailar mi estómago. Vértigo.
De vez en cuando, oigo hablar a mucha gente a mi alrededor. Y, de vez en cuando, sólo a un hombre, a una mujer; nunca a un niño. Me pregunto.
Y el silencio recoge la onda dejada en el aire por mi suspiro impaciente, surgido de un espíritu deseoso de llegar.
En lugar de niebla, podría muy bien ser vapor. El vapor blanco y caliente llegado del pasado desde un tren perdido y antiguo. Y pienso que quizás ahora corro porque perdí un tren que, no obstante esto, me ha dejado su vapor húmedo y negro, claro y seco.
Una copa de vino junto a alguien que me gustaba demasiado, huzo que me retrasara y llegara fuera de horario, cuando la estación ya estaba vacía y la columna de humo bien lejos. El reloj marcaba, seguramente, alguna hora que ya no recuerdo.
Me traslado y el recuerdo, eso sí, que permanecí allí un largo rato y que mi entorno me parecía, limpio y libre de nieblas inconvenientes.
No sé a dónde voy. Creo que tampoco lo sabría del todo si hubiera tomado aquel tren. Y, tampoco, si me hubiera quedado a beber una segunda copa de vino. Me agradaría volver al lugar de donde salí para terminar el ciclo de la simetría. Pero esta especie de niebla no me deja ver con claridad, y es inútil. Si aclarara...
De los árboles caen hojas que se me adhieren a las manos y me recuerdan la tierra, el nombre de la tierra y de sus cosas: la naranja y el arroz. Los gusanos y los muertos que los alimentan. Como los vivos alimentamos a los perros. Cada cual tiene sus animales. Hay quien no tiene ninguno: las cosas, a veces, no son justas; es difícil transformarlas.
Yo me transformo con frecuencia. Seguramente, porque tengo miedo de ser una sola, o porque me da pena perderme las otras que no elegiría si no fuera sino una. También hay quien no es nadie y, así, no le es necesario decir mentiras.
Mentiras he pisado unas cuantas, en esta carretera. Algunas han quedado atrás, aplastadas como se aplastan los erizos que cruzan sin mirar, y las he visto por el retrovisor, planas y bien abiertas, impúdicas y me han dado verguenza. Otras han escapado indemnes. Cada cosa tiene su propio destino. Si en lugar de arrastrarme yo volara, no habría pisado nada. Viviría en el aire.
Para respirarlo tengo que abrir una ventana y, por consiguiente, estar dispuesta a recibir todo lo que me acompañe. Nunca llega solo. Las cosas buenas nunca vienen solas y, casi siempre, las acompaña alguna mala.
Y, efectivamente, una rueda se revienta y no llevo ninguna de repuesto. ¿Por qué será que una siempre piensa que cosas como ésta sólo les pasan a los demás? No me queda otra alternativa que dejarme un trozo de piel. Me lo arranco como si fuera de otro, de un tirón, y aprovecho las lágrimas que no puedo evitar, para fabricar la cola con la cual pegar el parche. Cicatriz eterna en el cuerpo y, sobre todo, en la memoria.
Puedo reanudar la marcha, si bien ya no lo hago con igual confianza. He ganado el sentido de la cautela y avanzo atenta a los posibles y probables tachas.
El vehículo resopla cansado. Yo también. Pero ya se nos habían explicado que el viaje resulta agotador. Tanto que, al acabarlo, no se podía hacer nunca ninguno más.
En la primera estación de servicios pido ruedas de repuesto, unas cuantas, por si acaso. Me dicen que no necesitaré tantas, que no tendré ocasión de utilizarlas y pesan demasiado, pero yo quiero asegurarme y me las llevo igualmente.
Igualmente no quiere decir nada, porque también se me puede romper o estropear cualquier otra cosa que no sea una rueda, y yo no llevaré repuesto de eso, y esto volvería a ser un imprevisto que sería necesario resolver con piel, con sangre... El deseo de la aventura y el miedo de la aventura. El corazón que late y que crea el impulso que después teme.
Por casualidad, al mirar instintivamente el retrovisor, me veo la frente: el tiempo indeterminado que ya ha transcurrido se muestra orgulloso y seguro en unas líneas profundas, horizontales y largas que me la cruzan de sien a sien, hundidas en la piel. Y, de inmediato, como en un acto reflejo, los ojos se me van hacia el indicador del combustible. Me percato de que, hasta aquel momento, no había pensado ni una vez en cuánto me quedaba, y que, ahora, me parecía raro haber gastado tanto y que quedara tan poco.
Sé que no lo puedo ahorrar. Sé que, aunque me detenga, seconsumirá con la misma velocidad incalculable.
Doy una ojeada a aquellas ruedas de repuesto, y también de niebla, y siento rabia contra ellas, como si fueran culpables de alguna cosa. Así es que me deshago de ellas. Es como quitarme un peso de encima: literalmente, porque, en ese mismo instante, siento y sé que empiezo a volar. Es decir, que elimino las ruedas y, automáticamente, dejan de ser imprescindibles. Misterios de las necesidades.
Comer. Beber. Soñar: amar y hacer desaparecer la neblina con las gotas de los ojos emocionados. Eliminar los párpados, si es necesario, para poder mirar sin interrupciones. Besar con la mirada la niebla y deshacerla. El amor que todo lo puede. Excepto el olvido.
Podría encontrar a alguien y volar en su compañía. Alguien que, también, se hubiera deshecho de las ruedas de repuesto. De los repuestos en general. Y que deseara eliminar, también, esta niebla insoportable. Pero, precisamente, por culpa de la niebla, será difícil encontrar a alguien, o que alguien me encuentre.
Tengo frío en los pies. Es el riesgo de volar: los pies no tocan el suelo y ya no se calientan con nada. Pero creo que vale la pena. La carretera, en el aire, es abierta, es infinita hacia todos los lados, y no baja ni sube si una no quiere. Se inventa. A cada momento. Hasta permite hacer alguna cabriola.
En contra de la opinión general, las cabriolas no necesariamente gastan más combustible. A veces, producen un poco gracias a su energía. Misterios de la física: la niebla que no se funde ni se muere.
(cortesía de Factorum)
Flavia Company. Tarragona
Imagen: Willy Ronis
Servido por: CARLOS IGUANA y...

Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es

LwC dijo
Me he quedado prendada de tu blog. Esta entrada en concreto me encanta. Puedo decir que es muy similar a otras. Comparar una vida de sentimientos con un viaje, unas decisiones, unos imprevistos. Me gusta la foto también.
Me pasaré por aquí de vez en cuando.
25 Octubre 2006 | 05:39 PM