LA POLLA MÁS GRANDE DEL MUNDO
El ojeador de monstruos descubrió su vocación cuando su papá le compró uno de aquellos pollos que vendían en las fiestas de los pueblos, todos apelotonados en una caja de galletas y pinzados de colores chillones, a la mayoría de los cuales a los dos días comenzaban a pelárseles el culo, y después venían los temblores y finalmente el pollito moría trágicamente ante los ojos como sartenes de los niños, en los que se empezaba a cocinar la idea todavía imprecisa de la muerte, pero al ojeador de monstruos el pollito le sobrevivía, el color se iba desdibujando hasta quedar sólo algunos ridículos corronchos fosforitos en las alas despeluchadas, y después le salía una cresta punk, y como lo alimentaba con ositos de gominolas, y panteras rosas, el bicho engordaba a lo bestia,y un día apareció un huevo extraño, como una canica blanca, así que el pollo era en realidad una polla, la polla más grande del mundo, que era como la anunciaba el ojeador de monstruos entre sus compañeros de trabajo, a los cuales cobraba cinco duros por enseñarles aquel adefesio, hasta que un día su mamá se cansaba, porque la casa se le estaba llenando de cagadas, y se llevaba la polla al gallinero del cuñado en el pueblo, donde finalmente acababa sus desdichados días entre las fauces de un perro malo maloso, eso nunca se lo contaban al ojeador de monstruos, aunque hubiera dado igual, él ya llevaba el veneno en el cuerpo, y cuando en el colegio les mandaban aquello de las semillas y los algodones dentro de un tarro vacío, él se las ingeniaba de modo que a sus raíces les brotaban unas hojas con calcamonías de Popeye, unas hojas tan raras que ahora para verlas la tarifa subía los diez duros, y de esa manera era como nuestro héroe iba medrando, por ejemplo cuando descubrió en el bosque de enfrente a aquella pareja que se vestían como batman pero a lo "jevi", con cadenas, y se daban de hostias sobre el colchón, antes de hacer el amor, el alquiler de los prismáticos alcanzaba ya el talego, y así iba tirando, hasta que acabó el colegio, entonces se enroló con unos titiriteros, "pasean y vean al hombre más pequeño del mundo, al hombre de dos cabezas, el policía bueno", se desgañitaba sin demasiado éxito, pues el mundo del circo agoniza, todos los monstruos y payasos sehabían trasladado ahora a la televisión, la mujer barbuda fue sustituida por una folclórica, los leones que rugían por presentadores de telediario, los domadores por ministros de interior..., y para allá que se fue el ojeador de monstruos, cameló a una chica del barrio algo chocholoco, ésta a su vez a un picoleto corrupto, que había estado casado con la hija de otra folclórica, y a triunfar, al principio era así de sencillo, no había más que aplicar el viejo truco de la polla más grande del mundo, instruir a su pupila para que contara quien entre los que se tiraba ostentaba aquel record, y a esperar a que el móvil, al que había programado el tono de una caja registradora, empezara a echar humo, pues la programación se había reducido en todas las cadenas a una sucesión de programas del bajovientre entre los cuales se insertaban algún que otro telediario en el que sólo hablaban de Arzalluz y del Real Madrid, aunque, eso sí, después el ojeador de monstruos la niña acabó fugándose con el mejor abogado ultraderechista del país, que andaba algo flojillo últimamente, ahora ya le hacían la mayoría -la mayoría absoluta- del trabajo otros, y había tenido que abrirse de patas a otros mercados, así estaban las cosas, los nuevos famosos no daban más que disgustos, y el ojeador de monstruos pasó una mala temporada, hasta que llegó su gran oportunidad, el público se había encanallado ya tanto que ya no se conformaba con la foto de un pito retocada con photoshop, ahora se trataba de subir al pedestal y ver hacer el ridiculo, entre carcajadas malsanas, a auténticos fenómenos de feria, y ahí nadie le ganaba, él era único, y no tardó en reunir a la cuadrilla más "frak" imaginable, uno que parecia Heidi con peluca, otro que aseguraba haber invitado a Michel Jackson a comer macarrones a su piso, y sobre todo, ella, su joyita, la nueva diva, y su canción, una sarta de mentiras, cuando el público se aburriera de ella no seguiría siendo la misma, si cambiaría, si cambiaría, si cambiaría, y no lo podría soportar, pero ese era ya no su problema, el ojeador de monstruos había tocado techo y, sólo él no lo sabía, fondo al mismo tiempo.
Patxi Irurzun. Pamplona
Imagen: Ramón Masats

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