ENCHUFANDO LAS PAREDES, CALENTANDO LIMONADAS
En un fondo de pozos sin acústica
memoria, resplandeciente sol, de idéntica
escuadra al término, transplante de
esta violeta africana que admite el
agua desde el plato donde dejaste
enfriar la palabra que atravesó los
raíles de un costado, allá llegó
la última huella de un andar quebrado.
Y nos pusimos a enchufar paredes donde
nadie planteó siquiera la posibilidad
de que un cuadro pudiese ocupar un sólo
palmo de gotelé, ni un trazo de beso
semioculto, y toda aquella limonada
que nos sobrase del puesto, tras horas
de calores soportados ante pupilas que
desviaban la mirada, a sólo una moneda,
para cumplir con nuestro alquiler, por
devolver los meses, las mesas ya vendidas,
soportando pérdidas, las cremas hidratantes,
la maquinilla de afeitar y un par de prendas
interiores y dos bolsas vacías de un deteriorado
supermercado donde robábamos la mantequilla.
Regresábamos a cenar la limonada cuyo
sobramente devolvíamos para vender al día
siguiente, pero el tránsito dejaba en el
trayecto símbolos y un beso en medio del gentío
que no comprendía que enchufando las paredes
se calentaban limonadas y sus ojos nuevamente
se cruzaban paralelos, con la angustia de la duda.
Adolfo Marchena

Imagen: Van Gogh

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