PARTICULAS DE HIERRO
Quedaron atrás, partículas de hierro
y esos clavos que se me quedaron incrustados
en el traseros, como tu suave beso cuando
te despediste en un hotel. Aquel hotel
de Madrid, yo fui a verte, y allí lo hicimos
todo, las nubes con el Monte Perdido,
y después vino el diluvio y luego llegó
una tempestad que nososotros supimos interpretar.
Nos referimos a que las venas se entrecruzan.
Nos referimos a que todo se pierde y todo
se logra, es un momento, es una duda.
Tu no tenías nada, yo lo tenía todo
y ahora acaso me voy buscando bosques
que buscan el cielo como hombre que se propone
encontrar una ley más justa que este cigarrillo
que se apaga. Así estuvimos. Luego se perdió
la razón. La razón Y se pierde, sí, es cierto.
Adiós. Como quien dice me voy a la vuelta
de la calle, a comprar pan o a buscar el periódico.
Todo se compone de fichas extrañas, es extraño
el comportamiento, pero las flores siguen su cauce,
más vale que nos callemos y pensemos que una visión
tiene el alcance de las pupilas perdidas.
Tal vez luego nos arrepintamos.
Pero de nada sirve.
El ahora, eso me vale.
Como una masturbación a pleno aire.
Gozosamenente ilustrada con un cuadro.
De cualquier pintor, me da igual.
Partículas de hierro,
en mi como una sombra que me persigue,
hazme el silencio
conozco la traición,
o acaso somos tontos.
Creo que no.
Y así avanzamos hacía la ola que nos sumerge.
Hacia adentro, desde luego,
muy adentro.
Adolfo Marchena

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