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La Coctelera

LITERATURA

Recuerda recordar

21 Diciembre 2005

MONTPARNASSE

Todo se detenía en aquel momento. El último tren hacia París partía en el andén cuatro. Intuía que tu mirada lo deseaba. Ciervos en el bosque que se asustan ante el estruendo del primer disparo. Del mismo modo mi escapatoria precisaba de aquel billete que ganaste haciéndome salir de nuestro ático para que un hombre se apropiase de tu cuerpo. Cuántas veces soporté aquellas batallas. Ahora al fin me liberaba de todo. Lo absurdo y lo corrupto. Pasear por la calle, sin dinero en el bolsillo, pasando frío y hambriento, esperando que el movimiento de las vértebras de ese individuo, de todos los individuos, le condujesen al éxtasis, para luego conseguir una moneda con que tomarme un café. Todo por unas páginas que las palabras ocupan, se dispersas, tal vez absurdamente. Mares de adjetivos luego tachados o sustituidos. Tal vez ninguno valiese la pena. Pero la pena es tu susurro.
Pero ahora me encontraba a punto de partir. Montparnasse. El sueño. Y el deseo de alejarme de ti y de todas tus mentiras. Tal vez lo consiguiese. Los años pasaban en la espalda. Losas de cementerio. Flujos derramados. Odio y ese deseo contenido. Tal vez algún filósofo tuviese la respuesta pero sus libros no bastaban para convencerme. Yo quería hablar sobre la libertad. En cierta ocasión hablé con Raimond y me dijo que el deseo es una manifestación del odio acorralado.Le escuché, simplemente. Acorralado, sentirse acorralado es teclear la máquina cuando te han prometido que te van a salvar y te olvidan durante tres días sin calefacción ni comida.
Horas en un asiento rígido como la de un muerto. Rostros que te suceden co la presencia de un silogismo. Miradas infantiles, que no han provocado la venganza. Miradas que supuran restos de sangre coagulada.La mía, con el sentido de una promesa que difiere de una promesa que se aleja. Los postes transcurren ennegrecidos. Farolas parejas a los raíles que forman venas de acero. ¡Qué alegría dejar atrás lo sórdido! Tu propia sombra para dejar atrás tu propia sombra, para crear la nueva sombra. Aunque el sol no cambie. Para qué cambiar si tus pensamientos son rígidos. Vulnerables. Oscilantes.
Llegar a París con una maleta, un viejo abrigo y una simple dirección. Algo tan simple como bucear en una piscina pero tan saludable como nacer de nuevo. Poco dinero y demasiados proyectos. Las calles abarrotadas. Letreros, cafés, sonidos. Mi escaso francés para encontrar Montparnasse y dar con el piso de Jácques.Subir las escaleras. Jácques vivía con su mujer. Alisette, una rumana rolliza, y tenían una habitación alquilada a un pintor joven llamado Demetrius.
Mi habitación era pequeña pero lo suficientemente cómoda para instalar mi máquina de escribir. Alisette cocinaba casi todo el día. El ruido no molestaba demasiado. Y Demetrius pintaba, casi todo el día borracho. Parecía, por lo demás, algo atontado pero me enseñó buenos bares y cafés donde beber y comer barato y conocer a otros artistas. Jácques aparecía poco, siempre andaba con sus putas.

Malibú se prendó de mi pero le dije que estaba harto de las mujeres que mentían, aunque no era cierto. Adoraba a las mujeres mentirosas. Las que me hacían sufrir. Todo ello me hacía escribir mejor. Necesitaba el dolor. Mi dolor era mi palabra. Y Malibú comprendía. Nunca me cobraba. Dejaba que la explorara. De ella me gustaba la expansión de su mirada. Porque nunca sabías lo que pensaba. Jamás. Yo intuía a través de la mirada. Pero ella poseía el poder de la duda, de la contradicción, de no penetrar en su coraza. Sus ojos no eran cortinas eran serpientes. Eran medusas. Sólo su sexo hablaba. Con el silencio de Caronte. De vez en cuando me invitaba a comer o beber. Jácques lo sabía y lo permitía. Tal vez me respetase.
Comencé a escribir Paris en el Sena al poco de llegar. La librera Julia Bach ayudaba a escritores como yo. Quiere decir, desarraigados. Solíamos charlar de vez en cuando. Ante su pregunta de por qué vine le respondí que mi país me saturaba, que era un país de mentes puritanas y feministas absurdas. Pero había algo más. Ese algo más, lo que todos ocultamos. Y aqui lo encontré, en París, en un lugar de mestizaje donde nos juntábamos artistas de todos los países, de todos los continentes. Lenguas e ideas. No era una parodia. Era un subsistir, una metafísica, una realidad que nos conducía a visitar tumbas de poetas muertos.
Una noche se produjo un gran tumulto en casa de Jácques. Demetrius llegó borracho con dos jóvenes. Pretendia quedarse a cenar y Jácques no lo consintió. Hubo una gran trifulca y Alisette llamó a la policía. Cuando se presentaron todo se hallaba desparramado por el suelo. Nos detuvieron a todos y pasamos esa noche en comisaría. A mí me soltaron a la mañana siguiente, tras la declaración. Una noche sobre un tablón. Olor a orines y el ronquido de un mendigo.
Cuando la novela estuvo lista se la llevé a Julia. Tras la lectura me sugirió algunos cambios y se comprometió a publicarla. Suponía un principio. Pero también podía suponer un fin.Para entonces mi nombre figuraba en revistas y algún ensayo levantón cierta polémica. Aunque no era nadie conseguí en poco tiempo mucho más que en mi país. Y el fantasma de Betty se había evaporado. Si bien de vez en cuando aparecía flotando e las aguas del río, como un muerto o un tronco.
Para celebrarlo me fui a ver a Malibú. Con su vestido rojo y su figura espigada. Un hombre la cortejaba pero al distinguirme lo despachó. Y me aproximé. Sus ojos no me dijeron nada. Alegría, ilusión. Nada. Una campana que suena y no escuchas. Subimos a su cuarto. Se desvistió lentamente. Se lavó y quiso lavarme. Si te van a publicar lo conseguirás, me dijo. Nunca se consigue, le respondí. ¿Acaso no crees que podemos elegir?

Anochecía ya cuando salí. No me apetecía volver a casa de Jácques y cenar la siempre igual comida de Alisette. Decidí pasar la noche paseando. Perderme por las calles de París. Que me asaltasen, que me robasen. ¿No podía elegir? No tenía amor, no tenía dinero, acaso no tuviese fe. Pero tenía la esperanza de que algo acontecería, de que algo iba a suceder. Alcé la mirada y allí estaba la luna. Se podía distinguir, a pesar de todo. Si éramos capaces de contemplar aquello podíamos ser capaces de contemplarlo todo. Una noche por delante. ¿Y si fuese la última? Era necesario aprovecharla, sin duda alguna.

Adolfo Marchena.

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adolfo marchena. Okina (1967). mucho por decir y mucho por callar- leyendo en metáforas de colores Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es
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