MATEMÁTICA DEMENTE (parte I)
DROGAS - VIDENCIA - HETERODOXIA LITERARIA...
La mayoría de los hombres y de las mujeres lleva una vida, en el peor de los casos tan penosa, y en el mejor tan monótona, pobre y limitada que el deseo de evadirse, el ansia de trascenderse, aunque sea temporalmente, es y ha sido siempre una de las necesidades espirituales.
ALDOUS HUXLEY, “Las puertas de la percepción. Cielo e infierno”.
Parece evidente que el consumo de plantas modificadoras de la conciencia es anterior a la actual condición humana. Como primates en continua evolución podemos deducir (teniendo en cuenta que muchos animales conocen las virtudes de dichas plantas) que la curiosidad, la experiencia, la indagación de nosotros mismos y de lo que nos rodea, siendo seres sociables y a la vez introspectivos, como los demás primates, nos hizo probar, seleccionar y aprender a utilizar alucinógenos, estimulantes y sedantes. Y no sólo por sus principios psicoactivos, también por sus propiedades curativas, observando con el paso del tiempo su manejo para exacerbar o minimizar sus efectos, dependiendo del contexto o situación determinada.
Esas “plantas de poder”, veloces vehículos de una nueva percepción, acogen en su seno los hilos conductores que avivan la naturaleza psíquica, en interacción con todas las cosas, cotidianas o no. Perfecta llave para azuzar las neuronas en contacto con ignotos mecanismos “ocultos”.
Surgieron, pues, los chamanes, los hombres de sabiduría, iluminados, buceadores de sueños, oráculos, símbolos, Tragedia, Poesía...
Las antiguas y preclaras civilizaciones conocían la equilibrada simbiosis, hoy desechada y mistificada, entre racionalismo antropomórfico y subjetividad cósmica.
El lenguaje, el logos, se convierte paradójicamente en el único testimonio posible, pero también en el único modo verosímil de experimentar lo irracional. ALBERTO CASTOLDI, “El texto drogado”.
ALCOHOL
Hablar del alcohol, dentro y desde dentro del mundo literario resulta harto difícil, teniendo en cuenta que quien escribe puede beber, pero quien bebe, muchas veces es totalmente incapaz de escribir.
Es conocidísima la muerte de Dylan Thomas a causa de la bebida, y sonadas son sus borracheras, pero muy pocos sospechan que jamás escribió bebido.
Otro tanto ocurre con Edgar Allan Poe: Bebía, sí, y se embriagaba, pero su dipsomanía (que no alcoholismo) le permitía largos periodos de abstinencia, y así él mismo lo reconoció, cansado de falsas murmuraciones.
Por no hablar (que son legión) de quienes no se conformaban con el alcohol y prefieren crear bajo el efecto de drogas menos dispersantes intelectualmente; aunque nadie niegue que también bebiesen (léase Dada, Surrealismo, Beat Generation e independientes de todo pelaje).
Y antes, durante el Romanticismo y, sobre todo, en la Francia “maldita” del XIX y en la Norteamérica más iconoclasta los prototipos serán varios. No obstante, constan, evidentemente, algunos escritores que sólo bebían y además, se las ingeniaban para escribir bajo el influjo más estimulante y locuaz de lo ingerido, narrando con total fidelidad sus vivencias.
Un caso curioso es el del creador de aventuras propias-ajenas, Jack London (1876-1916), estadounidense que, a raíz de su peligroso viaje interior- exterior, su alcoholismo y su desesperación existencial tras una búsqueda imposible, decide suicidarse.
Sus obras más conocidas, tildadas “de aventuras”, aunque directas y realistas, nunca nos dieron atisbo del pesimismo o el hartazgo de la vida de quien decide que nació sin que nadie le pidiera permiso. Es la dualidad vitalista de quien ama algo pero no sabe qué es y sólo lo acaricia, furtivamente.
Pero había un lado oscuro, el del estoico cansado de disimular por inercia. Y “El Vagabundo de las estrellas”, pone las cartas inconformistas sobre la mesa. Publicada en 1914 es, en su momento, una incómoda, totalmente ignorada historia sobre los límites de la crueldad social y los de la propia mente humana, en ocasiones insondables.
Otro autor modelo en el caso que nos ocupa es Malcolm Lowry (Inglaterra 1909- 1957), quizá el más transparente junto a Bukowski. Su vida y su obra son indisolubles (acaso el rasgo que más caracteriza a los literatos drogados que, ante todo, se dejan la piel para ofrendar su honda labor).
Lowry, como London, fue un aventurero en una exploración nunca satisfecha. Se embarcó en 1927, a los 18 años, en un carguero que le transportaría de Liverpool a Shangai, Hong Kong, Yokohama, Singapur y Vladivostock. De esta experiencia vería la luz en 1933 su primera novela, “Ultramarina”.
En 1947 sería publicado “Bajo el volcán”, libro que relataría con fiel precisión su experiencia como alcohólico impenitente, sus sentimientos de culpa y su lenta autoinmolación... de la mano de un personaje (un ex cónsul inglés huyendo de sus fantasmas) viviendo en paulatina decadencia, hasta que en una ocasión es acorralado, ebrio perdido, por unos fascistas que le dan muerte en un burdel.
En 1935 y tras una temporada en un psiquiátrico de N.Y., el escritor se traslada a Hollywood, donde pretende ejercer de guionista, aunque su único guión, realizado en 1949 nunca vería la luz. Antes sería expulsado de Méjico, donde escribió su ya mentado, reconocido y más afamado trabajo, yendo entonces a la Columbia Británica, al oeste de Canadá.
Son incontables los accidentes y pérdidas constantes de sus textos originales. Su gran obra tuvo que ser rescrita y rescatada varias veces.
Murió asfixiado mientras dormía, en Sussex, Inglaterra, en 1957, tras una de sus crisis etílicas. En 1962 se publicarían, postreramente, sus “Poemas Selectos”, así como en 1968 su interesante compilación de relatos “Oscuro como la tumba donde yace mi amigo”. En 1984, John Huston llevaría a la pantalla “Bajo el volcán”.
Antes de hablar de Bukowski como paradigma “auténtico” de los mejores escritores borrachos, es de obligada referencia, aunque sea someramente (y haciendo caso omiso al propio escritor que considera a John Fante su maestro), nombrar a su verdadero mentor, Céline. Él mismo lo reconocería en uno de sus poemas, tras leer “Viaje al Fin de la Noche”, espetando nada menos que “yo antes era el mejor, pero ahora soy el segundo, nena” más próximo que Hemingway o Henry Miller, quienes siempre, con Cummings o W.C. Williams, son citados como claras influencias.
Louis Ferdinand Céline nace y muere en Francia (1894-1961), siendo denostado por su dureza, su talante crudo e hiriente y por su tendencia “nihilista y filonazi”.
Basta leer su magistral narración “Viaje al fin de la noche” para olvidar cualquier prejuicio simplista o lugar común. Publicada en 1932, es un puñetazo en el rostro del lector pusilánime o corto de miras.
Charles Bukowski nace en Andernach, Alemania, en 1920, emigrando con sus padres a Los Angeles, EE.UU. en 1922. Muere en 1994 en San Diego, y no precisa ni directamente por la bebida, sino por una leucemia.
Sabemos de su infancia difícil y rebelde adolescencia, del odio hacia su padre y desprecio hacia su madre, de su libre inconformismo motivado aparentemente por un grave acné que le volvía desagradable, no sólo físicamente y que le granjeó una creciente incomprensión ajena. Quizá a raíz de todo ello, fue tornándose huraño, agresivo, “diferente”, aislado. Sus borracheras comenzaron pronto y pronto fue expulsado del hogar familiar como un malnacido lunático, cuestión que le apegó aún más a la botella.
Su juventud dio paso a la madurez entre incesantes abusos alcohólicos, a veces durante días seguidos, en sórdidas pensiones y antros, pero también visitaba continuamente las bibliotecas en busca de libros y autores que hablaran su mismo idioma, el del excluido, el perdedor, el perturbado. Acechado por caseras, sucios colchones, ratas y peleas, vivió la miseria de trabajos indignos y peores compañeros, así que, o bien era despedido una y otra vez, o bien era él mismo quien, cansado de necios tiralevitas y frente al encargado, lanzaba el delantal al sucio suelo, yendo en busca de una consoladora y refrescante cerveza.
De este modo oscilaba entre la fobia social y la misantropía (“sencillamente, me siento mejor cuando están lejos de mí”). Individualista y singularmente noble, prefería la compañía de seres marginales, juguetes rotos, deformes, desahuciados, amantes abocadas al delirio, hombres y mujeres sin rumbo ni meta.
Empezó a escribir poemas a los 35 años, ya con mucha carretera a sus espaldas, sabiéndose inteligente, erudito y con estilo, pero los editores sólo alcanzaban a ver la forma y no el fondo, de modo que, a duras penas, percibían a un vulgar beodo pendenciero, misógino, miserable y antisocial (argumento que, sorprendentemente, aún sostienen grises y miopes academicistas), de modo que amontonaba en cajas las cartas, cuando las había, rechazando amable o ásperamente sus textos.
“El último maldito” y su bagaje literario es la focalización de una decadencia social. Sus digresiones distanciadas, como dejadas caer, sedimentan un poso de empatía para todo outsider que se precie, con su conscientemente prosaizante poesía o especial narrativa, cargadas de humor sarcástico, no exento de ternura, de la seca ternura que respira quien ya está de vuelta de todo. “Cartero” (1970), su primera novela divulgada, narra su trabajo en Correos durante 20 años, dándole relativa libertad literaria. Otras novelas reseñables son “Factotum” (75), divertidísima rememoración de sus diversos trabajos y consecuentes abandonos o despidos; o “Mujeres” (78), del mismo modo que “Escritos de un viejo indecente” (69), “Se busca una mujer” (73) o “Música de cañerías” (83), lo son como libros de relatos. Siendo más prolífico en poesía, es poco conocida en España, destacando la recopilación póstuma “El infierno es un lugar solitario” (Ed.Txalaparta, 1997), poemas, cartas y fotografías
:
“CÁNCER“...vomité en el jardín de rosas./pobre mujer.../al día siguiente llegué con flores./subí la escalera hasta la/puerta./había una corona./quise abrir la puerta./estaba cerrada./bajé la escalera/atravesé el jardín de rosas/y salí a la calle...”
BEAT GENERATION - FREAKS – ILUMINADOS
La vida es muy peligrosa y muy pocos sobreviven.
WILLIAM BURROUGHS
Antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, en Norteamérica, e igual que ocurrió en y tras la Primera con la Lost Generation –literatos desengañados emigrados a París, acogidos por Gertrude Stein (1874-1946): Hemingway (1898-1961); Scott Fitzgerald (1896-1941); Dos Passos (1896-1970); Ezra Pound (1885-1971); T.S. Elliot (1888-1965); Cummings (1894-1962), etc.-, surgieron un grupo de personas que fueron conociéndose uno tras otro y de forma eslabonada y aparentemente casual, asimismo hastiados de los modelos sociales y culturales que en buena medida y por su dogmatismo habían alentado los grandes conflictos armados: modelos preconcebidos inculcados desde la infancia, cerrados en sí mismos a modo de indestructible constructo deshumanizador. Era la Beat Generation e iban en pos de una Libertad con mayúscula, individual aunque no egoísta y, como en la Lost Generation, abierta a nuevos fondos y formas; rompedora vital, cultural y espiritualmente. Anhelaban una nueva vuelta de tuerca, una renovación en lo literario siguiendo los pasos “impíos” de todas las épocas y lugares, abriendo novedosos caminos desde un heterodoxo y heterogéneo eclecticismo atemporal, iluminado por Li Po, el Zen, los haikus japoneses, Khayyam, Baudelaire, Rimbaud y el simbolismo francés, pasando por Apollinaire, el dadaísmo, el surrealismo, el realismo más inmediato y la experimentación de algunos predecesores estadounidenses (como alguno de los antedichos “Lost”) o rusos (como Maiakovski).Y, evidentemente, por autores independientes, únicos, aunque a veces se encasille a alguno de ellos, como a Blake en un incipiente Romanticismo... Whitman, Poe, Dickinson, Kafka, Nietzsche, Dostoievski, Tolstoi, Melville, Céline, Reich, Huxley, Genet, Yeats, Lautreamont, Michaux o Artaud (estos dos últimos siempre estuvieron más allá de normas surrealistas, libando y aprendiendo psíquicamente de fuentes alucinógenas que abrieran sus percepciones y creatividad).
Les unía, además, un desmedido apetito por todo tipo de drogas, cosa que, entre otras, les distanciaba de sus compatriotas residentes en París. Creían en ellas como medio, no desvaneciéndose en la mera experiencia. Cada cual usaba las que más se adecuaran a su modo de ser y de escribir, de modo natural. En general corrían el alcohol, la marihuana, la bencedrina, el peyote, el L.S.D. y los opiáceos. En éstos anteriores Burroughs era todo un experto, así como Kerouac era ducho en el vaciado de botellas y el sobreconsumo de bencedrina, hasta la más ascética y contradictoria autodestrucción, y Ginsberg versado en “enajenaciones sobrenaturales”.
A través de la toma de estas sustancias creían, sobre todo Ginsberg y Kerouac, poder alcanzar cierto misticismo no religioso o Zen y por tanto una sabiduría filosófico-intuitiva no racionalista. No obstante, Allen nunca pudo evitar su reminiscencia judeo-cristiana, cuestión ésta que, quizá inconscientemente, le convertía en recto budista mesiánico, y por ello, anti Zen.
Kerouac, mientras, estudiaba el Tao, a Lao- Tse y el “Tao te ching”, Confucio, “El libro tibetano de los muertos”, el “I Ching”... Siempre cerca del vino, atormentado por su “timidez católica”, consecuencia del círculo familiar, y por no llegar (o no querer llegar) a esa integridad autodisciplinada y estable.
Burroughs, por su parte, prefería contemplar el infinito durante horas seguidas... “en la punta de los zapatos”.
Cuando salían por ahí había algo que también les era común y hermanaba, además del viaje como autoindagación: El be- bop, el jazz más salvaje y liberador, el humo perfumado de la marihuana y las incesantes copas desinhibidoras para apreciar en toda su magnitud los conciertos; dando palmas, animando a músicos y público, enloqueciendo, fundiéndose con el ritmo... En definitiva, siendo vivo presagio del amplio espíritu que pronto emanaría del rock´n´roll.
Jack Kerouac (1922-1969) sería quien mejor ejemplificaría, directo y apasionante, todos esos influjos y experiencias alumbrado por la bencedrina, enérgico y veloz tras una etapa vital confusa y dubitativa caracterizada por rechazos editoriales después del “éxito” convencional de “El campo y la ciudad” (50). Él ansiaba realizar documentos vivaces, retratos teóricamente espontáneos (finalmente se vio obligado a corregir y repasar) capturados en instantes casi visibles, poco más o menos, según su deseo, al modo de los haikus.
“En el camino”, publicada en 1957 tras una titánica perseverancia, se revela, igual que “Los subterráneos” (58) o “Los vagabundos del dharma”, del mismo año, como la obra de un escritor de bagaje y singularidad, reconocido por el mismísimo Henry Miller. En estas publicaciones, Jack refleja, antes de su ocaso, una Norteamérica aún contestataria.
Kerouac moriría totalmente alejado de sus antiguos amigos, prematuramente envejecido y senilmente conservador, acosado por el público y la fama, alcoholizado, vomitando sangre en su nueva casa de S. Petesburg, Florida, al poco de mudarse y casarse por tercera vez, ahora con Stella Sampas, a quien conocía desde la infancia. Su madre, persona quien siempre le apoyó, económica y emocionalmente, aunque nunca dejó de controlar sus amistades, sus escritos, y aun sus creencias, enfermó y quedó incapacitada, por lo cual Jack dejaría la casa a su nombre y cuidaría de ella hasta el final.
William Burroughs (1914-1997) fue el verdaderamente “extraño” del grupo, no sólo por su talante literario, también por su carácter y modo de entender las cosas. “El hombre invisible”, como así se le conocería, era un tanto taciturno, quería pasar desapercibido, perseguía su propio lugar como persona y como escritor “aparte”. Simplificando, se podría decir que era el menos ingenuo, el más “adulto”, el más cerebral.
De todas formas fue quien entró primero en contacto con Jack, menos interesado en aquel momento (los años 40), por seguir a éste en la literatura y mucho más cautivado por sus escarceos con las drogas y la homosexualidad., aunque más tarde y con Ginsberg es quien se entusiasma en la cohesión grupal, respetuosa e ilusionadamente, obsesionado por liberarse de su propio infierno tras haber matado de un disparo a su mujer Joan Vollmer, “jugando a Guillermo Tell después de que ella me desafiara colocándose un vaso sobre la cabeza yendo ambos ciegos”.
De este modo, a partir de 1951 escribió compulsivamente, sin dejar nunca de narcotizarse, destacando la colección de escritos “Yonki” (1953) y la aplicación en algunas de sus obras, desde 1959, de la técnica que denominaron “cut-up”, ya utilizada por el dadaísmo. “La máquina blanda” (1961-68) es producto de dicha experimentación, que consiste en recortar fragmentos de prosa y unirlos arbitrariamente, a veces con inusitados resultados, como pudo comprobar su admirador David Bowie, confeccionando las letras de su mejor época rock.
Sin embargo su libro más interesante en el terreno rompedor, más allá del “cut-up” es “El almuerzo desnudo”, escrito, tal como él indica en el prólogo, tras 15 años de ingesta de opiáceos y otras drogas, durante los cuales iba tomando notas.
Publicado en 1959 es su texto más delirante y celebrado, dotado de una lógica entre poética y alucinada, llevado al cine por David Cronemberg. Es destacable, asimismo, “Las cartas del yagé” (1963), escrito conjuntamente con Ginsberg.
Además distingue a Burroughs de los otros beat su procedencia, su extracción social, de la cual cínicamente renegaría mientras el dinero llegara... Nadie es culpable de ser el hijo del inventor de las máquinas registradoras homónimas.
Sobresale también, cómo no, Allen Ginsberg (1926-1997), reconocido como agitador de nuevas conciencias, defensor del rock mano a mano con Burroughs (los beat son en realidad padres de la contracultura, que ya en su día bautizara Kerouac como “subterráneo”) y guía de la transición de lo beatnik-hipster, como movimiento ya extendido, a lo psicodélico-hippy.
Consumidor empedernido de marihuana, LSD y peyote, ingresó varias veces en el psiquiátrico de Bellevue, siempre con la persecución sombría y acechante de la locura de su madre. Nadie puede negar su influencia y puesto de honor dentro y fuera del conjunto literario, de la mano de sus antes señalados compañeros de generación, con sus continuas colaboraciones poético-musicales, sus recitales y conferencias y, en fin, su vitalista e infatigable apoyo a toda conmemoración legataria de los suyos.
Quizá su obra, generalizando, sea otro cantar, pero no se puede juzgar la parte como un todo, y él se sabía, y ya es hora de reconocerlo, motor y mapa de ruta, además de los antes destacados, de muchísimos cambios ocurridos durante la segunda mitad del siglo XX. Cambios sociales, políticos, culturales, musicales... Reconocida es la influencia beat sobre Bob Dylan, Doors, Patti Smith, Fugs, Bowie, Grateful Dead., Tom Waits, etc. Y hasta sostuvo, Ginsberg, cierta relación con el punk (por cierto, Bukowski también mostró sus simpatías por el primigenio movimiento). Por no citar escritores, cineastas, actores... que han agradecido la herencia.
Retomando sus obras, los “peros” están motivados por una indigestión de Whitman mal asimilada, un budismo ingenuamente cristianizado y una tendencia redentora. Sin embargo el poemario “Aullido y otros poemas” (56) no carece de cierto encanto, precisamente por esa rara suerte de inocencia provocadora.
Otros autores menos conocidos aunque no menos importantes amplían esta corriente: Gregory Corso (1930-2001), uno de los alumnos más aventajados, es un muy aceptable poeta, de supuesta sencillez autodidacta.
Al año de nacer es abandonado por su madre e internado en un orfanato, hasta los trece años, ingresando de vez en cuando en el mismo psiquiátrico que conocería luego Allen Ginsberg. Más tarde fue encarcelado.
Es, en realidad, un hombre curtido en la calle y la reciedumbre, pero al mismo tiempo inteligente, sensible y adelantado a su época, con una interesante obra poética de halo ebrio y marihuanero (más tarde caería en las redes de la heroína, irónicamente “reñido” por un muy deteriorado Kerouac) y una novela. Brilla con luz propia su trabajo “Gasolina y otros poemas”, dado a conocer originariamente en 1958, en City Lights Books, librería-café-editora propiedad de Lawrence Ferlinghetti (1919...), poeta perteneciente a la escuela beat y editor, igualmente, de Allen, Kerouac, Burroughs, etc., perseguido, precisamente, por la “obscenidad” de la referida y conocida antología de Ginsberg “Aullido”, publicada en su editorial.
Volviendo a “Gasolina...”, de Corso, fue dado a conocer aquí en su día (1980) por Star books como el manifiesto de toda una época. Su lírica es profunda y cínica, sarcástica y vitalista, transgresora y de calidad. A caballo entre el simbolismo, el realismo, el surrealismo y la inmediatez de los haikus, es un compendio ecléctico y personal, en fondo, forma y ritmo; casi “perverso” en su frío distanciamiento:
SUICIDIO EN EL GREENWICH VILLAGE
“Brazos extendidos/Manos aplastadas contra el marco de la ventana/Ella mira hacia abajo/Piensa en Bartok, Van Gogh/y los chistes del New Yorker/Ella cae
Se la llevan con un Daily News sobre su cara/y un tendero echa agua caliente sobre la acera.”Neal
Cassady, nacido en 1924, creció unido a un padre alcoholizado, pasando temporadas en reformatorios y después cárceles, predominantemente por su afición a conducir coches ajenos. Fue amante de Ginsberg y amigo fiel de Kerouac y acaba convertido en un buen lector, aconsejado por los mencionados. Más adelante, en sus últimos años, conocería a Ken Kesey, gurú de la psicodelia más ida, formando parte de los “Merry Pranksters”, conduciendo su autobús, totalmente imbuido por el LSD y por la idiosincrasia drogota de la época.
Inspirado por la bencedrina y la marihuana escribe, sin darle mayor importancia, cartas, innumerables cartas a Jack Kerouac. Éste queda impresionado por su estilo frenético y deja de lado su “imitación de Thomas Wolfe”, pasando a centrarse en Cassady y en el primer libro de Burroughs, “Yonki”, cuyo manuscrito lee en el hospital en 1951, tras uno de sus ataques de flebitis debido a su excesiva querencia por la referida bencedrina. A partir de aquí decidirá el estilo a seguir para “En el camino”.
Según Ginsberg y Jack, Cassady es “un magnífico escritor”, sobre todo a raíz de una larguísima carta enviada a Kerouac, escrita en tres jornadas de toma del susodicho, muy amadísimo estimulante: “un relato sobre un fin de semana de Navidad pasado en salas de billar, habitaciones de hotel y en la prisión de Denver, lleno de acontecimientos trágicos y cómicos a la vez”. De dicha carta sólo se conservan fragmentos, rescatados del olvido por Kerouac y Ginsberg, ya que éste confió su custodia a un tipo que se limitó a lanzarla al agua desde su barcaza, alrededor de 1955.
Animado por Kerouac acaba su autobiografía, viendo la luz tras su muerte, “El primer tercio” (71). Moriría en 1968, en San Miguel de Allende, Méjico, a los 44 años, tirado sobre unas vías abandonadas de ferrocarril mientras caminaba, tan alcoholizado como concluiría Jack sus días, además de pasado de calmantes que utilizaba “para abandonar las anfetaminas”.
Su importancia reside más en ser en vida el modelo ideal beat, como poética andante y musa inspiradora, que en su propia creación sobre el papel.
Existen otra serie de personajes más o menos relacionados con los beat que no responden totalmente a su coyuntura o a la premisa “literatura-drogas”. De todas formas hay sucesores muy influidos por ellos que sí coinciden...
Es el caso del reseñado Ken Kesey (1935-2001), con su novela “Alguien voló sobre el nido del cuco” (62) -llevada al cine por Milos Forman en 1975 y protagonizada por un gran, aunque siempre histriónico, Jack Nicholson-, más destacable por sus happenings “iluminados” y su pandilla de freaks a bordo del psicodélco “magic bus”, siguiendo la senda de Ginsberg como “pastor” del emergente hippismo y sus correspondientes pasotes de LSD, peyote, psilocibina, etc.
Pero inmediatamente se me ocurre como ejemplo más afín, el de Hunter S. Thompson (1939...) y su entretenida, divertidísima, desvariada y satírica crónica “Miedo y asco en Las Vegas”, publicada originalmente en 1971 y acertadamente trasladada al cine por Terry Gilliam en 1998, aunque el libro, como casi siempre, supera con creces al film... Literatura-periodismo, periodismo gonzo, nuevo periodismo o llámesele como más guste, en realidad no es, ni más ni menos que un clarísimo legado beat: Por la óptica argumental, por el viaje físico y mental, por el veloz ritmo narrativo y transcurso de acontecimientos y por el ácido trasfondo antistema.
Un periodista y su acompañante “abogado” deben cubrir la información sobre una carrera motorizada que se celebra en Las Vegas, recibiendo 300 dólares por parte de una conocida revista deportiva de N.Y., los cuales son prácticamente dilapidados entre hierba, mescalina, ácido, farlopa, estimulantes, tranquilizantes, tequila, ron, cervezas, éter y nitrato amílico, todo ello cargado en el maletero de un coche alquilado en Sunset Streep y en los sistemas nerviosos de ambos viajeros.
Thompson explica todo lo ocurrido en “sus peligrosos enfrentamientos, dopado hasta las cejas, con los empleados de casinos, camareros, estupas y demás representantes de la Mayoría Silenciosa”. Como atinadísimo subtítulo: “Un viaje salvaje al corazón del Sueño Americano”.
CARLOS IGUANA. BARCELONA

Imagen: Ginsberg/Gregory Corso
servido por marchenaescritor
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No es cuestión de diferenciar las creencias o los sexos divergentes. Sin embargo los continentes se diferencian y se muestran platónicos y dentro de los continentes se manifiestan catónicos. Descartes en El discurso del Método ya dijo que: "Y habiendo advertido que esa gran certeza que todo el mundo atribuye sólo está fundada en que se conciben de un modo evidente según la regla dicha hace un momento, también advertí que en ellas no había nada que me asegurase la existencia de su objeto." Porque el objeto no nos pertenece y las personas nos empeñamos en obtener y precisamente obteniendo objetos nos pertenecemos y al tiempo hacemos que nos pertenezcan de modo que conseguimos que el OTRO, se sienta objeto, precisamente, de ese, nuestro EGO. En todo ello reside la frustración del perdido. Y en este mundo del perdido o la perdida, y me refiero al ser humano, ya que la naturaleza, de no ser, precisamente, por la intervención del hombre, conviviría en armonía, nos demuestra que el avance de las cosas, las más rutinarias, son tan simples como mear, ya se dijo, simplemente de un modo tan sencillo, digamos, que mear en cunetas de avenidas sin semáforos. Pero nos envolvemos en fórmulas extraviadas de elementos que nos convierten en seres extraviados. Los mismos escritores nos creemos en el taller de la alquimia, o acaso de saber decirlo todo, cuando en realidad, de lo que se trata, es de presenciar un hecho o demostrar que la palabra tiene más sentido que la propia palabra. Esta noche me duele más un miembro que otro. Todo puede ser interpretado según el ojo del microscopio o el telescopio que Cicerón diría en sus Catilinarias: "Veo que por el momento hay dos propuestas: una de Domicilio Silano, que opina que a quienes han intentado destruir esto hay que condenarlos a muerte, y otra de Cayo César, que descarta la pena de muerte, pero aprueba la aplicación del máximo rigor en todos los demás castigos". No es el hecho discutir que el es lo transferible. La cuestión es concluir que la hipocresía de muchos países discurre o transcurre en que su propia ideología se manifiesta en el manifiesto de transmitir por la fuerza su propia ideología. Esto sucede también en las parejas. Y por ende en uno mismo. De ahí deriva el declive de uno mismo. No se trata de crear la escuela que muchos vienen definiendo, pues para ello Taisen Deshimaru y Paul Chauchard ya dirían que: " En el cerebro todo viene de los sentidos, pero el cerebro reconstruye a partir de los sentidos el mundo y su cuerpo por imaginación, siguiendo las costumbres adoptadas en la infancia". Todo puede ser sustituido por el momento o el hecho de una simple traslación. En un momento dado, estar sentado en una mesa, en un bar cualquiera, nos deriva a que todo este palabrerío no tenga ningún sentido, como también lo tiene el que la distancia nos proyecte a sentidos nunca conocidos. Pero nos vienen supuestos expertos a marcar pautas establecidas. Y son esas pautas las que nos convierten en funcionarios, amas de casa y lo que es peor en esos ismos, como machismo o feminismo. Lo cual nos convoca a la batalla del sin sentido. Pues en definitiva y mejor que hable Quincey, y nunca aprobarán lo evidente, pues no conviene que hable el pueblo, pues ya desde Roma, el pan y circo sirvió de entretenimiento, ya nos dijo en Confesiones de un inglés comedor de opio: "Tras varias cartas y entrevistas personales de mi tutor, ni siquiera una transacción, ya que exigía mi sometimiento incondional y, en consecuencia, me dispuse a tomar otras medidas". Y quienes toman otras medidas se alejan del sistema, bien lleven barbas moradas o fumen marihuana, por poner el ejemplo que luego, en una administración escuchas, de altos ejecutivos, van de vacaciones a países pobres a follar con menores. Esa es la X que falta o o sobra de la fórmula. Y la sociedad sigue creyendo en todo éso. Yo me di cuenta esta noche, ante el dolor de mi dedo gordo, de que en dos, a dos, se pueden construir tres ladrillos. Que no somos la masa de un ente que discurre, más bien de un ente que carcome. Como uno pudiera hablar simplemente de Hegel o la divinidad. Así hablamos de los perros y las pulgas. Hemos denostado o estamos denostando demasiadas cosas. Nos estamos poniendo demasiadas barreras, cuando lo más sencillo es darnos los buenos días, regalarnos un poema, mal escrito, y no empeñarnos en ser los mejores escritores, los mejores amantes o los mejores hijoputas. Porque nos damos cuenta de que, incluso en las distancia, podemos ser, los mejores amantes. Y Rilke, quien tanto sufriera, ya en sus Cartas a una amiga veneciana, dice: "Tanto en usted como en su excelente hermana Anna, en quien tengo una confianza sin límites, se ha creado un sentimiento..." El sentimiento que se pierde cuando se busca lo perdido. Para finalizar con La vida de los poetas de E. L. Doctorow diremos, al azar, de su libro "por casualidad llevaba aqui algo de vino". Tan sencillo como dejarnos de estupideces, negligencias, distinciones de sexos, peleas contrapuestas, en fin, gestos de impertinencia. Yo me quedo con esta noche, con mi dolor, pero un dolor agradable, despertarme para escribir lo que me place, que por cierto, es un tostón, pero como me apetecía, lo hago. Y así, es la manera de comunicarse y no andarse por ahí por las ramas o hablando a la espalda o soportado que nos cobren lo que no nos pertenecen. Pero la vida tiene el sentido de un champiñón, sólo que el champiñón se puede cocinar de muchas maneras...
Adolfo Marchena. Okina
Imagen: Max Beckmann
servido por marchenaescritor
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Sebastián Dominguez Lozano, nacido en Cádiz en 1960 y conocido como Chano Domínguez, afirma que tiene tanto amor a la música que lo primero que hace cada mañana es irse al piano. Comenzó tocando rock en los años 70 con el grupo Cai y dice seguir haciendo lo mismo, bajo la influencia de grupos como Yes, Jetho Tull o Génesis. Pero Chano se convertirá en un músico de jazz captado por el flamenco. "No es fruto de un pensamiento meditado, sino la influencia de una situación geográfica y social. Me siento un músico de jazz que ha crecido en Cádiz, con el flamenco, pero la música con la que sigo experimentando y por la que me siento atraído es el jazz, que siempre me ha cautivado". Y encontramos en sus influencias jazzísticas a personajes como John Coltrane, Bill Evans, Charlie Parker o Thelonious Monk.
Chano ya tenía formación flamenca ya que su primer instrumento fue la guitarra, que aprendió a tocar de oído. En el rock, se atrevió con los teclados hasta desembarcar plenamente en el flamenco con su Chano Domínguez Trío, si bien había colaborado antes con artistas como Paco de Lucía, Potito o Juan Manuel Cañizares.
Su logro es la integración entre los ritmos y el lenguaje del jazz y el flamenco. Con su piano ha interpretado tango, tanguillos, alegrías, compás de bulerías, fandangos, bulerías... pero abordados con una estructura de jazz tradicional. No confundiendo, y en ello admitimos las palabras de Justo, cuando afirma que abarca todo género dentro del jazz, si bien, como el mismo Chano afirma: "¿El duende? Sí creo en él, pero tiene que venir currando. No hay nada mejor que el trabajo diario". Y cuando mencionamos la palabra duende irremediablemente recordamos a Camarón. Un Chano que del mismo modo viaja por todo el mundo dando a conocer su jazz con acento andaluz, encumbrándole. Enamorado de Paco de Lucía (Es una fuente inagotable de inspiración, y es el mayor bastión de nuestra música, dijo de él). En una colaboración junto a Paco hace dos años, este detalle lo conozco a través de Justo, quien lo presenciara, Chano salió al escenario de una manera cohibida, como elogiando, diríamos, cuando el propio Chano, en su humildad, no dejando de crecer día a día, cuenta en su lista de colaboradores con musicos de la talla de Enrique Morente, Estrella Morente, Michel Camino, Martirio, Ana Belén, Carles Benabet...
Con Martirio presentó el album Acoplados, grabado con su grupo, Bib Band y la Orquesta de RTVE, bajo la dirección de Adrián Leaper, reuniendo algunos de los títulos más importantes de la copla con la estética del jazz. Según Martirio: "con este trabajo se pretende aportar una lectura más y una nueva visión a temás clásicos de la música popular española del siglo XX". Ya en el año 1997 habían grabado juntos Coplas de Madrugá. Fernando Trueba (Chano participó en la película Calle 54)afirma que es Chano Domínguez quien ha situado a España en la historia del jazz.
En su discografía encontramos Chano (descatalogado), Hecho a mano (1996), Chano Domínguez en directo (1997), Iman (2000), Tú no sospechas (2000), con Marta Valdés, Oye como viene (2003), Mira como viene (2003) o la mencionada Acoplados, entre otros, además de diversas colaboraciones como Flamenco lo serás tú (Tino di Geraldo) o Algo para nosotros (La barbería del sur). Un autor que se considera un buscador, una especie de músico minero, razón por la que sigue en la música, ante lo cual le gusta de cambiar de disco en disco, a fin de no "convertirse en una caricatura de si mismo". Ha llegado a tocar con nombres del jazz actual como Wynton Marsalis, Jerri Domínguez o Giovanni Hidalgo, si bien confiesa le gustaría tocar junto al famoso contrabajista Charlie Haden, habitual de Pat Metheny y Michael Brecker. Ya en 1995 colaboraría con Markus Stoxkhausen en Sol Mestizo.
Y dentro de este bagaje musical, de este recorrido, Chano nos indica con su humildad, como si se tratara de un jardinero que poda un rosal que "el jazz es irrepetible en el momento, suena diferente cada día, porque transmite cómo estás, por la cuestión mágica e improvisada que aportas como músico".
Adolfo Marchena
(con la aportación de Justo)

Imagen: Chano Domínguez
servido por marchenaescritor
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